"Le Moulin de la Galette"
79, Rue Lepic - 1, Rue Girardon
Montmartre. Paris- I -
El Moulin de la Galette llevó este nombre por la pequeña galleta de maíz de centeno (galette) que se ofrecía en compañía de un vaso de leche a los aldeanos y excursionistas visitantes de la colina de Montmartre.
Hacia 1830, el conocido granjero Debray, descendiente de la antigua familia de molineros, y amigo de muchos artistas de Montmartre, abrió el Radet transformado en "guinguette".
("guinguette" = Nombre que se daba a los cabaretes de los alrededores de París, y dónde el pueblo iba a beber y alegrarse los días festivos. Al parecer el término deriva del vino verde, llamado "ginguet", que se hacía en los alrededor de París, y que se sirve en estos cabarets).Con el paso de los años el humilde local de Debray se convertiría en un lugar lleno de un encanto casi aldeano muy opuesto al de la gran ciudad que se extendía a sus pies, y al que los domingos asistían pequeños burgueses, obreros, soldados, chulos, modistillas y chicas acompañadas de sus madres en busca de novio. Un lugar en el que igualmente se celebraban reuniones de artistas, pintores, poetas y músicos que habitaban en los húmedos y fríos estudios de las calles cercanas.
Con la adición del Moulin Blute-Fin, su mirador y los jardines anexos, al primer Moulin Radet con su salón de baile, se estructuraba el famoso conjunto encerrado dentro de una empalizada verde que se denominó "Le Moulin de la Galette". Una de las obras más emblemática del Impresionismo y que más historia daría a este lugar, fue la obra de Pierre Auguste Renoir Baile en el Moulin de la Galette, pintado en 1876.
La escena representada nos introduce en los Jardines del Galette durante uno de sus célebres bailes concediéndonos una visión del lugar al parecer bastante más amable y elegante de lo que en realidad lo era. Con el buen tiempo, estos bailes se celebraban en el exterior del gran barracón de tablas verdes que contenía el salón de invierno, entre los molinos Radet y la gran terraza mirador del Blute-Fin. Era un espacio de tierra lleno de pérgolas y recovecos, sembrado de viejas acacias, alrededor del cual había bancos, sillas y mesas dispuestos para acoger a los asistentes. Los bailes eran por la tarde de los domingos y festivos, empezaban a las tres y duraban hasta pasada la medianoche, alumbrado por farolas e hileras de lámparas de gas. La música la procuraba una orquestilla ("de diez pobres diablos" según Riviere), que situada en un estrado elevado del suelo, colindante al edificio del salón interior, interpretaba canciones populares, polkas y valses.
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