Mª Ángeles Martínez García.
angelesyy@hotmail.com.
Universidad Católica San Antonio de Murcia
En cuanto al cinema, no sólo madura sus frutos en el haz
estrecho, ceñido, de múltiples elementos (...),
sino que después los proyecta en racimo de luz sobre el
público más compacto y extenso que pueda imaginarse.
Francisco Ayala [1].
El cine surgió como un intento de reproducción
fiel de la realidad que se colocaba ante el objetivo. Sin embargo,
a los pocos años de vida, se descubrió su potencial
significativo y en torno a la imagen y el sonido nació
un lenguaje específicamente audiovisual.
A raíz del fenómeno surgieron diversos puntos de
controversia; desde aquí se destacarán dos. El primero
de ellos, respecto a la consideración del cine como lenguaje
o como confluencia de diversos ámbitos. El segundo centra
su atención en la consideración del cine como arte,
equiparable a la pintura o la música. En cualquiera de
los dos casos hay que atender a la dimensión social del
mismo ya que desarrolla su actividad sumido en un entorno cultural
del que recibe influencias notables y al cual confiere una especial
aportación.
Sin embargo, la naturaleza misma del cine le hace traspasar barreras
y por ello el contacto entre culturas es inevitable. La adaptación
de los productos cinematográficos a esos nuevos entornos
de sentido trae consigo una interesante reflexión acerca
de las relaciones interculturales que se desarrolla a continuación.
1. La primera controversia: El cine como lenguaje.
El nacimiento de un lenguaje audiovisual surge de la conciencia
de que la cámara no equivale a la realidad. La llegada
del cine sonoro, la aparición del color, los movimientos
de cámara, la profundidad de campo, en definitiva, los
avances técnicos parecían poco a poco acercar más
el cine a la reproducción fiel de la realidad. Sin embargo,
la cámara seguía sin sustituir a la visión
humana [2], el espacio enmarcaba, la profundidad de campo no era
infinita, los planos cercanos agrandaban al sujeto... Surge entonces
el lenguaje audiovisual como instrumento para relatar la realidad
en lugar de reproducirla. Nacen las formas narrativas de representación.
Tras un primer proceso de aprendizaje, el espectador decodifica
el mensaje, acepta que la cámara es “él mismo convertido
en observador mágico que se coloca en cada momento en el
punto de vista más interesante” basándose en la
naturalidad y la convención para entrar en ese nuevo mundo
que se propone desde la pantalla.
Existe una fuerte controversia en torno a la consideración
de lo audiovisual como un lenguaje con pleno derecho. Según
Casetti y Di Chio [3] un lenguaje es supuesto como tal si otorga
significado a objetos o textos, expresa sentimientos o ideas y
comunica informaciones. El audiovisual aparece plenamente, pues,
como un lenguaje, ya que significa, expresa y comunica, aunque
más adelante se comprobará que diverge notablemente
de otros lenguajes establecidos como la lengua.
Siguiendo los planteamientos de Casetti y Di Chio [4], existen
tres áreas de estudio principales en el seno del lenguaje
audiovisual:
o o Las materias de la expresión o significantes: son los
materiales sensibles con los que se aborda la expresión
del lenguaje audiovisual y se dividen en significantes visuales,
tanto imágenes en movimiento como signos escritos; y significantes
sonoros, que se refieren al oído y, por tanto, a las voces,
los ruidos y la música.
o o La tipología de signos: un signo se define por la relación
entre significante, significado y referente. El cine posee los
tres tipos de signos establecidos por Peirce en 1931, índices,
iconos y símbolos; por ejemplo, las imágenes son
iconos, mientras que la música y las palabras son símbolos
y los ruidos son índices.
o o Los códigos: un código es un sistema de equivalencias,
un conjunto de comportamientos acordados en una comunidad dada.
El lenguaje audiovisual se presenta como una articulación
artificiosa de imágenes y sonidos basada en la convención,
cuyas unidades significativas mínimas no tienen significado
totalmente estable y universal [5]. El cine no posee un código
unívoco, no tiene reglas fijas y cerradas como ocurre en
los lenguajes naturales, un significante no remite inequívocamente
a un significado, sino que a menudo lo “no dicho” implica mucho
más que lo dicho. Estas particularidades lo desligan de
los lenguajes tradicionales, caracterizados por la sistematicidad
que permite la aparición de reglas estrictas y compartidas,
ya que la creación audiovisual está siempre abierta
a nuevas aportaciones y se transgreden continuamente las escasas
normas y principios que existen.
Esto lleva consigo una necesidad de aprendizaje intencionado como
si se tratara de un segundo lenguaje, con el fin de que los comunicadores
estén en condiciones de elaborar y cifrar los mensajes
utilizando todos los recursos retóricos del medio audiovisual
y los receptores sean capaces de decodificar, de descifrar dichos
mensajes.
Se puede deducir, por tanto, que el lenguaje audiovisual es un
lenguaje mixto, porque se compone de una mezcla de distintos tipos
de significantes y signos visuales y de elementos auditivos. Lipietz
[6] habla del privilegio de dos sentidos de los cinco, olvidando
los otros tres, con el riesgo considerable de perder “la perspectiva
atmosférica”, de perder los sabores, los olores de las
cosas, etc. Este planteamiento tiene un doble enfoque: por una
parte se puede pensar que a través de esos dos canales
sensitivos al menos se puede acceder a una parte de la otra cultura
o que estos ofrecen una perspectiva parcial, sesgada, incompleta
de lo ajeno. Esto supone un riesgo apuntado por el profesor Vázquez
Medel [7]: nuestras imágenes de la realidad social son
ofrecidas a partir de los medios de comunicación, en lugar
de estar fundamentadas en nuestra experiencia directa del mundo.
Eso influye poderosamente en nuestro modo de interpretar las relaciones
de sexo, género, relaciones interculturales, etc.
2. La segunda controversia: El cine como arte.
Este problema toma relevancia a partir de la década de
los ochenta, cuando se empiezan a considerar temas como el énfasis
en la diferencia, la tensión entre lo existente y lo posible
(el cine entendido como ampliación de horizontes), la “medición”
de las reacciones sobre el público, etc.
La ambigüedad de la relación entre lo real objetivo
y su imagen fílmica es una de las características
fundamentales de la expresión cinematográfica y
determina en gran parte la relación entre el espectador
y la película, además de acercar el lenguaje fílmico
al lenguaje poético.
Puede decirse, siguiendo a Martin, que la “imagen reproduce lo
real y, en un segundo paso y eventualmente, afecta nuestros sentimientos
y, en un tercer nivel y siempre de manera facultativa, toma un
significado ideológico y moral” [8]. Ante la pantalla cinematográfica
se guarda una cierta distancia, se es consciente de estar ante
un espectáculo y con ello se abandona la pasividad que
impone el movimiento de la imagen para participar, para entrar
en el juego del cine como un arte con pleno derecho.
Comenta Ayala: “El arte, como proceso espiritual, como actuación,
consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada
por la brújula del sentido estético” [9]; el cine
es, sin duda un arte, pero un arte controvertido. En primer lugar,
por la mediatización de una estructura de empresa industrial
que constriñe la finalidad artística del cine [10];
este debe buscar siempre llegar al mayor número de personas,
lo que en amplia medida influye en la configuración de
su lenguaje. Este mismo autor, unas páginas más
adelante, habla de la vinculación del mismo a las artes
plásticas por su relación con la fotografía;
sin embargo, su carácter auditivo lo relaciona también
con las artes literarias, e incluso a la música [11].
3. Dimensión social del cine.
Ya el propio Ayala [12] comenta en la cuarta parte de El escritor
y el cine que “la preocupación por la pureza estética
de ese que llamábamos entonces Séptimo Arte no resulta
en modo alguno incompatible con el reconocimiento de su carácter
social”. La función del cine en el seno de la sociedad
ha sido y es incuestionable, aunque no permanece exenta de complejidad.
Ya se ha comentado que un texto no puede entenderse como un elemento
de significación configurada plenamente; los circuitos
de la comunicación artística son permeables a la
incidencia cultural, de tal forma que esos rasgos culturales penetran
sobre los textos, sobre el sentido de cada obra. Un texto significa
para alguien y las significaciones que aporten tanto autor como
lectores tendrán que ver con la cultura en la que estén
inmersas ambas entidades.
Lotman [13] apuesta por el estudio del funcionamiento semiótico
del texto real y para ello hay que integrar los estudios histórico-culturales
en un proyecto semiótico. Él parte de la consideración
de signo como unidad cultural; reconoce su papel social, por la
capacidad que posee para dar servicio a determinadas necesidades
de la colectividad.
Surge entonces el término cultura, definido por Lotman
[14] como “información no genética, como la memoria
común de la humanidad o de colectivos más restringidos
nacionales o sociales”. Han sido múltiples las definiciones
del concepto de cultura, pero todas ellas hacen alusión
a su inclusión en un contexto y a su influencia en los
hábitos y conductas de los seres humanos. Además,
se considera en una doble vertiente, una humanista, más
relacionada con prácticas intelectuales tales como el cine,
la pintura, etc.; y otra antropológica, más unida
a las formas de actuar, a los valores y normas que rigen a un
pueblo. Es esta última la que nos interesa en este discurso.
La cultura se estudia a partir del sentido y la interacción
y se supone una conducta aprendida, no se transmite genéticamente;
supone un modo de interpretación y significación
de la realidad. La cultura es un todo bien estructurado que se
erige en un conjunto de rasgos distintivos de un pueblo específico
que se adapta y cambia con el paso de los tiempos.
Partiendo pues, a partir de esta reflexión, de que el organismo
emisor y receptor de un texto fílmico interpretan el producto
desde el seno de una cultura determinada que no tiene por qué
ser coincidente, es necesario ubicar el desarrollo de la comunicación
cinematográfica dentro de los procesos de comunicación
intercultural.
4. El cine como intercambio cultural.Hacia un intento de comunicación
intercultural frustrada.
La filosofía intercultural tiene como objetivo superar
que todo centro pretenda imponerse fuera de su contexto [15].
De la convergencia surge el diálogo y de éste a
su vez nuevas formas culturales, que en ningún caso deben
pretender la supremacía sobre otras posibles culturas.
Hay que dejar de lado toda visión unilateral, toda unicidad
de conciencia y todo modelo unitario para el mundo y para el hombre.
La interculturalidad puede definirse como la interacción
comunicativa que se produce entre dos o más grupos humanos
de diferentes culturas [16]. Los estudios de comunicación
intercultural vienen marcados por aquellas comunidades de personas
interesadas en una comunicación eficaz entre miembros de
comunidades diferenciadas. Tiene lugar cuando una red de sentidos
comienza a entender que existe otra forma de ver las cosas, de
darle sentido a los hechos divergente a la propia.
El cine apela frecuentemente a lo imaginario, a lo subjetivo,
a lo extraordinario y maravilloso; nos conduce a un mundo nuevo
en ciertos puntos convergente con el nuestro y en otros absolutamente
divergente. No hay que olvidar que se trata de un dispositivo
fabulador, deja en un momento de su historia de ser cinematógrafo
para conquistar un lenguaje y pasar a ser cine. Se da entonces
una paradoja entre la objetividad propia de lo que aparece en
pantalla y la subjetividad de quien observa, “entre la realidad
de lo reproducido y la irrealidad del mundo en la pantalla” [17].
El cine acude a representaciones basadas en el mito para constituirse
en lenguaje universal, por lo tanto, existe un interés
ideológico en cada película. El lenguaje del cine
recoge niveles diametralmente opuestos: “desde la vivencia directa
de la visión real de la cosa (...)hasta la máxima
ilusoriedad” [18]. El mundo de los mitos nos conduce a los nombres
propios, a lo conocido, a lo fácilmente identificable por
cada uno de los espectadores y, por ello, a lo fácilmente
universalizable.
Pero hay que tener en cuenta que el cine no es más que
una ilusión de realidad. Gracias al efecto phi se consigue
la percepción de movimiento de una serie de estímulos
estáticos representados de forma sucesiva. La intensidad
de los sonidos posibilita crear la ilusión de elementos
en movimiento. El cine no es más que una mentira, una ilusión.
El cine posibilita el contacto entre una cultura A y una cultura
B a través del lenguaje cinematográfico y sus productos;
esa conexión se da gracias a imágenes consideradas
más o menos universales, exige la traducción o doblaje
de la lengua natural en la que ha sido fabricado el producto,
pero resulta evidente que hay una ausencia notable de ciertos
sentidos a favor de una atención exclusiva sobre la vista
y el oído. Además, el cine promueve la construcción
de un imaginario artificial que no siempre se corresponde con
la auténtica realidad de una cultura, sobre todo en los
tiempos en los que la simulación adquiere una importancia
crucial, ya que, como apunta Baudrillard, esta nueva era suprime
los referentes y suplanta lo real mediante sus signos [19]. La
imagen constituye la única realidad de los personajes representados.
Por otra parte el proceso de comunicación que se produce
en el cine se da in absentia, de la misma forma que se da la comunicación
literaria: un emisor construye un mensaje en un momento determinado,
que será recibido por uno o muchos receptores en un cronotopo
que no tiene por qué coincidir con el del emisor. Las circunstancias
histórico sociales pueden varíar. Además,
el receptor no tiene posibilidad de retroalimentación,
no existe un feed-back directo, factor fundamental en el intercambio
entre culturas distintas.
Esto conecta con la idea de que el cine nace de una doble voluntad
ideológica y de lucro que guía la construcción
de los productos cinematográficos. Por una parte, debe
reflejar los puntos de vista ideológicos de aquellos que
lo crean y, sobre todo, lo financian. Por otra, no nace de un
desinteresado interés por confraternizar; sobre el cine
recae la imposición de la industria ante la consideración
del mismo como bien cultural mercantilizado [20]; por lo tanto,
más que de las infinitas posibilidades expresivas que permite
su lenguaje, es la industria de la que depende el mecanismo del
Séptimo Arte. Sus objetos construidos, las películas,
nacen con la esperanza de un lucro y, como todas las expresiones
culturales, sigue unas normas determinadas.
No hay que caer en el etnocentrismo, es decir, en la intención
de los creadores cinematográficos debe existir una voluntad
de diálogo a pesar de las imposiciones económicas,
de exposición de la propia cultura para establecer contacto
con las culturas ajenas, pero no convertir los valores de esa
cultura en concreto en los valores de toda la humanidad [21].
Parece ciertamente tras esta reflexión que es posible establecer
un primer contacto entre culturas diversas a través del
arte cinematográfico. Sin embargo, no hay que perder de
vista que esto debe ser sólo la apertura de una puerta,
el primer contacto, sin duda necesario pero, no hay que olvidar,
no suficiente para establecer juicios de valor, para darse por
satisfechos en el conocimiento de una cultura ajena a la propia
que se presenta envuelta en unas vestiduras verosímiles
pero no siempre ciertas y prácticamente nunca reflejo de
una realidad mucho más compleja en todos los sentidos.
Una cita de Edgar Morin [22] puede reflejar perfectamente este
planteamiento y poner punto y final a este discurso:
“la sabiduría del cine reside sobre todo en su capacidad
de encarnar lo imaginario. Lo que aparece en la pantalla no es
el mundo en su evidencia o concreción, sino un universo
nuevo donde se mezclan objetos comunes y situaciones anómalas
(...). En resumen, el cine abre un espacio distinto, habitado
por muchas más cosas de las que rodean nuestra vida”.
NOTAS:
[1] AYALA, Francisco: El escritor y el cine. Cátedra, Signo
e Imagen, Madrid, 1995, p. 17.
[1] FERNÁNDEZ DÍEZ, Federico y MARTÍNEZ ABADÍA,
José: Manual básico de lenguaje y narrativa audiovisual.
Paidós Comunicación, Barcelona, 1999, pgs. 21 y
ss.
[1] CASETTI, Francesco y DI CHIO, Federico: Cómo analizar
un film. Paidós Comunicación, Barcelona, 1994, p.
65.
[1] Ibídem, pgs. 66- 73.
[1] MARTIN, Marcel: El lenguaje del cine. Gedisa, Barcelona, 1996,
p. 22.
[1] LIPIETZ, Alain: “El porvenir de las culturas” en RAMONET,
Ignacio: Internet, el mundo que llega: los nuevos caminos de la
comunicación. Alianza editorial, Madrid, 1998, p. 268.
[1] http://www.cica.es/aliens/gittcus/mmccis.htm [acceso 21 de
octubre de 2002]
[1] MARTÍN, Marcel, op. cit., p. 34. Las cursivas son del
propio autor de la cita.
[1] AYALA, Francisco, op. cit., 1996, p. 13.
[1] Ibídem, p. 50.
[1] Ibídem, p. 122.
[1] Ibídem, p. 121.
[1] LOTMAN, Yuri M. Y Escuela de Tartu: Semiótica de la
cultura. Cátedra, Madrid, 1979, p. 22.
[1] Ibídem, p. 41.
[1] http://ensayo.rom.uga.edu/critica/teoria/gomez/gomez2c.htm
[acceso 15 de octubre de 2002]
[1] http://tomaustin.tripod.cl/intercult/comintuno.htm [acceso
1 de agosto de 2002]
[1] CASETTI, Francesco: Teorías del cine. 1945- 1990. Cátedra,
Madrid, 1994. p. 63.
[1] LOTMAN, Yuri: La Semiosfera III. Semiótica de las artes
y de la cultura. Cátedra, Madrid, 2000. p. 61.
[1] BAUDRILLARD, Jean: Cultura y simulacro. Kairós, Barcelona,
1978, p. 9.
[1] http://www.interculturalcommunication.org/gomeztarin.htm [acceso
25 de octubre de 2002]
[1] RODRIGO ALSINA, Miquel: Comunicación intercultural.
Anthropos, Barcelona, 1999, p. 82.
[1] CASETTI, Francesco, op. cit., p. 55.