Isidoro Moreno
1. EL PROCESO DE FORMACION DE LA IDENTIDAD DE ANDALUCIA: CONTINUIDAD
Y DISCONTINUIDADES EN UN FOCO PERMANTENTE DE CIVILIZACION MEDITERRANEA.
Andalucía la civilización más antigua de
Occidente.
No es sólo una frase publicitaria feliz sino una realidad
hoy fuera de toda duda --separado ya el mito de la Historia--
que en Andalucía se dio "la civilización más
antigua de Occidente". En efecto, dentro del ámbito
occidental del Mediterráneo, fue en Andalucía, y
centrado en el valle inferior del Guadalquivir, donde por primera
vez emergió el fenómeno civilizatorio. Tartessos
constituyó una estructura económica, social y política
de nivel estatal, basada en la metalurgia del bronce y con escritura
autóctona, que controló e influyó a un más
basto territorio y que entabló relaciones comerciales y
de diverso tipo con las lejanas civilizaciones del Mediterráneo
Oriental: con fenicios y luego griegos, que si bien trajeron diversas
innovaciones a las costas andaluzas también recibieron
a cambio manufacturas de bronce, joyas artísticas de plata
de Tartessos al otro confín del mar.
Los casi tres mil años que van de Tartessos a hoy han presenciado
el desarrollo en el actual territorio andaluz de varios horizontes
civilizatorios, separados por diversas rupturas de tipo político-religioso
y de estructura económica pero enlazados por una continuidad
básica de civilización. Es esta característica
la que personaliza e identifica más claramente a Andalucía
como un país con historia e identidad propias en el conjunto
de los pueblos del Mediterráneo. Contrariamente a lo ocurrido
en prácticamente todo el conjunto del Mediterráneo
--con la quizá única excepción de Bizancio--
aquí no se dio nunca un trauma civilizatorio global, una
pérdida del papel foco cultural de medetirraneidad.
Sin entrar ahora en una discusión profunda acerca de las
características de la mediterraneidad como tradición
civilizatoria, ésta se ha basado históricamente
en un ecosistema de mar, montañas y valles con una agricultura
basada en la trilogía del trigo, el olivo y la vid, complementada
por una ganadería bovina, caprina y porcina; una estructura
de las explotaciones con predominio de la gran propiedad en las
tierras fértiles de producción extensiva y de la
pequeña en los estrechos valles y en las zonas de montaña;
así como en una clara tendencia a la concentración
de la población en núcleos que pueden ser grandes
o pequeños pero que posibilitan una interacción
social y unos modos de vida urbanos. Esto último produce
que, junto a la salvaguarda de la privacidad familiar, se desarrollen
muy ampliamente las relaciones sociales en espacios públicos:
en la plaza, la calle, el mercado, los baños, la taberna,
el casino, la hermandad, y otros varios lugares y contextos, según
épocas y sociedades específicas pero todos ellos
centros de sociabilidad.
Asimismo, está presente una acusada tendencia a la segmentación
y la contraposición social y simbólica, bien sea
en grupos o facciones múltiples o en agrupamientos duales,
no necesariamente coincidentes con las divisiones de clase; y
ha sido también un rasgo importante, aún al menos
parcialmente vigente, una clara dicotomía de sexos en cuanto
a papeles sociales, percepciones y simbolismos.
En este contexto general --que se concreta en instituciones y
expresiones culturales específicas de casa pueblo y cada
época histórica, la especificidad de Andalucía
estriba, sobre todo, en haber mantenido y desarrollado con menores
interrupciones traumáticas que en el resto del área
esos rasgos estructurales, habiendo sido, en algunas ocasiones,
depositaria casi exclusiva de ellos, y en haber actuado de crisol
y síntesis de elementos provenientes de varias de las más
importantes tradiciones culturales en que se ha subdividido históricamente
la gran tradición civilizatoria mediterránea.
Es necesario subrayar que subyacentes a las diversas rupturas
y horizontes culturales que podemos dibujar en el proceso histórico
de Andalucía permanecen continuidades de fondo, aunque
esta afirmación contradiga la lectura convencional que
la historiografía ha venido haciendo de las diversas "invasiones"
de que ha sido objeto, desde el norte y desde el sur, Andalucía.
A lo largo de los últimos tres milenios. Una lectura que
ha privilegiado los ámbitos políticos, militares
y religiosos en detrimento de las demás dimensiones civilizatorias,
en las cuales --y aún en algunos aspectos no superficiales
de aquellos-- nunca ocurrió en Andalucía un nivel
de ruptura comparable, por ejemplo, al de la irrupción
de las tribus nómadas germánicas en la mayor parte
del Imperio Romana europeo o de las bereberes en la orilla sur
de este.
La Andalucía Bética.
Cuando los comerciantes griegos de las ciudades del Egeo fundan
sus factorías en enclaves concretos de toda la costa mediterránea
occidental, no encuentran en el interior del territorio andaluz,
como en el resto de los lugares, sólo grupos autóctonos
de tecnología y organización sociopolítica
poco desarrolladas, sino el reino tartéssico. Por ello,
siglos más tarde, Roma no civiliza Andalucía, como
sí lo hace intensamente con la restante costa mediterránea
de Hispania y más lentamente con el interior mesetario,
por el simple hecho de que desde mucho tiempo atrás ya
había en la mayor parte de ellal una verdadera civilización.
Y ello explica también que fuera la Bética -- con
unos límites ya bastante aproximados a los actuales, hace
dos mil años-- una de las regiones más importantes
de todo el Imperio por su significación económica
su peso político y cultural, el número de ciudadanos
y la cantidad y calidad de núcleos urbanos. No fue por
casualidad que la Bética diera a Roma dos emperadores,
Trajano y Adriano, un conjunto de intelectuales, entre los que
descuellan los Séneca, Lucano o Columela, con muy difícil
paragón en otras provincias, o que el trascendental Concilio
de Nicea fuera presidido por un cordobés el obispo Osio.
La civilización bética , que no fue sólo
fruto de la remonización sino de la fusión entre
la cultura latina y las altas culturas autóctonas descendientes
de las de Tartessos y El Argar (esta última centrada en
la parte oriental de la actual Andalucía y desarrollada
en base a la metalurgia del cobre), tampoco sufrió el cataclismo
que tuvo lugar en la inmensa mayor parte de las tierras del Imperios,
tanto en las riberas norte como sur del Mare Nostrum. Aquí
, la civilización clásica no fue destruida y sustituida
por la organización cuasitribal de los pueblos nómada
conquistadores: la presencia de los vándalos silingos fue
efímera y poco significativa y el dominio político
visigodo suave y lejano, hasta el punto de que las grandes familias
aristocráticas béticas pudieron mantenerse de forma
casi independiente, aprovechando las disputas dinásticas
y religiosas del reino visigodo, centrado en la meseta, y apoyando
incluso militarmente en el Imperio Bizantino. Es significativo,
en este sentido, que durante casi un siglo los bizantinos ocupasen
toda la franja costera andaluza desde el Estrecho hasta Alicante,
en alianza con estas grandes familias de la Bética. Así
fue posible que culturalmente, en Andalucía apenas se diera
la etapa que en prácticamente toda Europa, incluida la
mayor parte de la península Ibérica, supuso la Alta
Edad Media de declive casi total de la vida urbana, campesinización
del conjunto de la población, eclipse de los saberes y
olvido de la cultura clásica grecolatina--. Hispalis, Córduba,
Malaca y muchas otras grandes y medianas ciudades de la Bética
continuaron siendo importantes centros urbanos y cabezas episcopales
en las que fueron creadas bibliotecas y se preservaron en gran
parte las formas de vida, los conocimientos y la filosofía
clásicas impregnadas de orientación cristiana. Las
"Etimologías", obra del arzobispo Isidoro de
Sevilla y resumen enciclopédico de la ciencia, el pensamiento
y la teología de la Antigüedad que seguían
aquí vivos , representan y ejemplifican una realidad cultural
única en la Europa de su tiempo.
Los siglos de Al Andalus.
Sólo teniendo presente esta situación, y no considerando
a la Andalucía "visigótica" como una parte
más del reino visigodo, pueden entenderse la realidad y
el verdadero significado para Andalucía de los siglos de
la civilización de Al Andalus. Esta supuso principalmente
no la "arabización" de Andalucía, como
convencionalmente suele afirmarse, sino la creación de
una síntesis cultural entre la tradición cultural
bética y las tradiciones árabe y, sobre todo, bereberes
recientemente islamizadas, en la que los elementos autóctonos
andaluces predominaron de forma ostensible, tanto por ser propios
de los que seguiría siendo la inmensa mayor parte de la
población como por resultado de una civilización
que tenía ya entonces una profundidad de 1.500 años.
La que suele denominarse en la inmensa mayor parte de la historiografía
y en los libros de texto escolares "invasión árabe"
fue sin duda una ruptura política: la sustitución
de la cúpula de poder visigótica por una nueva oligarquía,
la árabe, pero al menos en la Al-Andalus andaluza junto
a elementos de todo tipo que representan rotundas continuidades.
Incluso en el ámbito religioso, que es uno de los que se
acostumbra a utilizar, si no el que más para tratar de
demostrar la supuesta ruptura total con la tradición civilizatoria
anterior, es necesario tener presente que, a muchos efectos, el
islamismo estaba incluso menos alejado del cristianismo unitarista
ampliamente difundido en la Andalucía visigótica
que el trinitarismo oficial de la religión de estado visigoda.
En cualquier caso, nadie podría discutir que Andalucía
fue durante varios siglos el centro de gravedad del desarrollo
y esplendor de una civilización peculiar, de imposible
paralelo en la Edad Media europea, que fue diferente a las culturas
cristianas del norte --incluyendo en el norte a una parte que
sería crecientemente mayor de la península Ibérica--
y también claramente diferenciada de las cultura del sur
--considerando como sur los territorios y pueblos más allá
del Estrecho--.
Cuando se habla de la "Andalucía Arabe" se dice
solamente una verdad a medias, o, lo que es lo mismo, una media
falsedad. La "arabización" (mejor lenta y sólo
parcial islamización) de los bético-visigodos sólo
puede aceptarse como realidad si a la vez afirmamos una aún
mayor "beticización" de la élite árabe
y de las más amplias capas bereberes que se asentaron,
aunque siempre demográficamente en minoría, en territorio
andaluz. Lo que se dio en Al-Andalus fue una civilización
autóctona, producto de una específica combinación
de elementos procedentes de tres tradiciones culturales: la predominante,
en términos civilizatorios, fue la autóctona, que
tenía ya milenio y medio de desarrollo en el que había
incorporado muy importantes aportaciones de las culturas en cada
momento histórico más significativas del Mediterráneo
(fenicios, griegos, latinos y bizantinos); la árabe-islámica,
en una fase primera, expansiva, de su construcción, que
era la inicialmente propia de la élite política
de los nuevos dominadores pero que estaba todavía poco
interiorizada entre la mayor parte de la población beréber
que era su principal soporte demográfico; y, finalente,
la judía, ya previamente coexistente y en relación
más o menos armónica o conflictiva, según
fases y situaciones históricas, con las dos tradiciones
anteriores aquende y allende el Estrecho de Gibraltar.
Estas tres grandes tradiciones culturales eran todas ellas ramas
diversas del gran tronco civilizatorio mediterráneo: de
ahí que su combinación fuera posible sin forzados
sincretismos, permitiendo la creación y desarrollo de una
civilización brillante y peculiar, por única, y
también la perduración durante varios siglos de
modos de vida, formas de organización social, instituciones
y creencias propias de las tres diferentes tradiciones en una
relación si no de autonomía sí al menos de
convivencia y de general tolerancia -- salvo momentos y sucesos
puntuales--, incluyendo la dimensión religiosa. Ejemplos
de ello, entre otros muchos, son el mantenimientos del culto cristiano,
con presencia ininterrumpida de obispos en Sevilla, Córdoba,
Ecija, Cabra, Elvira (Granada) y otras ciudades hasta mediados
del siglo XII, la celebración de concilios y la aparición
incluso de herejías, o la peculiar lectura de muchos preceptos
del Corán referidos al vino y a una gran diversidad de
comportamientos que en Al-Andalus no se llevaron a la práctica.
Durante más de cuatrocientos años, tanto en la época
del emirato como del califato y en la posterior de los señoríos
o reinos de taifas -- en realidad una especie de repúblicas
ciudadanas al modo de lo que serían más tardes las
de Italia--., más allá de las guerras cíclicas,
pactos y cambiantes alianzas con los reinos cristianos del norte,
y de las revueltas y conspiraciones internas de palacio, florecieron
de forma permanente la filosofía, la poesía, el
arte, las matemáticas, la astronomía, la medicina
y otras ciencias como en ningún otro lugar de la Europa
y el Mediterráneo de su tiempo. Maimónides, Averroes,
Ibn Khaldum, Ibn Hazm (autor del "Collar de la Paloma"),
Al Motamid (el rey poeta de Sevilla) y muchos nombres más,
injustamente preteridos hoy, son una buena prueba de ello.
La brillante civilización andalusí decayó
e incluso fue destruida en muchos de sus más importantes
vertientes, y sobre todo en su sentido profundo, no abruptamente
por las conquistas cristianas de mediados del siglo XIII y finales
del XV respectivamente para el valle del Guadalquivir y la Andalucía
penibética, sino en buena parte antes, por el dominio político
y la intransigencia religiosa de los integristas islámicos,
procedente del Magreb, que incorporaron a Andalucía a sus
imperios africanos e impusieron a sangre y fuego su ortodoxia,
eliminando el "desviacionismo" religioso y cultural
que desde su lógica representaba la civilización
de Al-Andalus. Primero los almorávides, en el tránsito
entre los siglos XI al XII, y luego los almohades, a mediados
a este último, ambos grupos étnicos originarios
del desierto sahariano, sometieron militar y políticamente
al conjunto de Al Andalus y le impusieron una cultura que sólo
tenía con la andalusí "clásica"
similitudes, y ello de forma muy relativa, en ciertos aspectos
de la religión, la lengua y la arquitectura.
Es preciso tener esto muy en cuenta a la hora de valorar lo que
representó la conquista castellana y la recristianización
que ella conllevó para el proceso histórico andaluz.
en este sentido dos lecturas falseadoras de las Historia constituyen
hoy obstáculos importantes para una adecuada comprensión.
La lectura dominante, que continúa hoy impregnando una
gran parte de la historiografía oficial, está asentada
en la mitología de la Reconquista como base de la legitimación
del discurso ideológico de España como nación,
y según la cual los siglos de Al Andalus serían
una especie de paréntesis de más de cinco o casi
ocho siglos --según nos refiramos a una zona u otra de
Andalucía-- en el curso natural de la historia "patria"
(?), debido a la irrupción de una población, una
cultura y una religión extranjeras. La otra lectura, minoritaria
pero no menos mixtificadora de la realidad histórica, es
la que mitifica el horizonte andalusí como el único
supuestamente "auténtico" en la historia andaluza,
siendo su conclusión el inicio del "verdadero"
paréntesis.
Andalucía en el reino de Castilla.
Más allá de las casi siempre estériles polémicas
acerca de si hubo o no un cambio casi total de población
inmediatamente después de la conquista castellana, y de
la poco útil discusión acerca del peso diferencial
de las diversas tradiciones histórico-culturales en la
identidad cultural actual de Andalucía, conviene destacar
que, para esta, tan decisivos fueron los siglos de Al Andalus
-- tanto por su significación propia como por impedir la
instauración de unas estructuras y un régimen plenamente
feudales tal como se dio en el resto de Europa--. como el milenio
y medio previo de proceso civilizatorio, como los efectos de la
castellanización y cristianización que no anula
sino que se imbrica con todo lo anterior.
Al nuevo cambio político-religioso acompañó
una modificación demográfica más amplia que
la ocurrida en "invasiones" anteriores, aunque menos
radical de la que muchos afirman. De cualquier modo, el resultado
de la incorporación de gran parte de Andalucía al
estado castellano-leonés a mitad del siglo XIII, y doscientos
cincuenta años más tarde del reino nazarí
de Granada --en el que se dio un nuevo y último resurgir
de la civilización andalusí en un contexto político
de permanente inestabilidad y de acoso por los cristianos del
norte y los nuevo integristas del sur, ahora los benimerines-,
constituyendo sin duda una importante inflexión histórica
en muchas dimensiones de la vida social, no supuso un shock cultural
comparable al producido siglos antes en la casi totalidad del
mundo mediterráneo por la irrupción de tribus nómada
germánicas y bereberes, o poco después por la expansión
del imperio turco en todo el mediterráneo oriental.
No debe subestimarse la importancia, pese a los periodos recurrentes
de guerra, de los siglos de fuerte y prestigiosa influencia de
la alta cultural andalusí sobre los reinos cristiano-germánicos
del norte peninsular, en especial sobre el castellano-leonés,
lo que se refleja, por ejemplo, en el hecho de que varios monarcas
castellanos se definieran como "reyes de las tres culturas"
(la cristiana, la judía y la árabe) y se vistieran
e incluso vivieran a muchos efectos, antes y después de
las conquista, casi como monarcas andalusíes. Por eso Pedro
I, cuando quiere construirse un gran palacio en Sevilla, no destruye
el alcázar precedente sino que llama a arquitectos y alarifes
granadinos para ampliarlo y convertirlo en una especie de Alhambra
sevillana. De aquí también que aunque se destruyan
las mezquitas (con la excepción de la de Córdoba),
se respeten sus minaretes, sólo parcialmente transformados
o incluso sin transformación alguna, como torres cristianas,
y en la construcción de iglesias --a excepción solamente
de las catedrales o las promovidas directamente por las más
altas jerarquías eclesiásticas o del estado-- sólo
se utilice de forma pura el estilo arquitectónico de los
conquistadores (el esto gótico) en la parte más
sagrada de las mismas, el ábside sobre el altar principal,
mientras que las técnica constructivas, las cubiertas del
resto del templo y los motivos ornamentales sean predominantemente
de tradición andalusí. El mudéjar andaluz
es, así, un arte mestizo, híbrido, ejemplo palpable
de una difícil pero real fusión cultural, que se
extendió a muchos otros aspectos de la vida y las costumbres,
desde la gastronomía a la música, y desde el vocabulario
a la ideología, aunque ello haya sido frecuentemente minusvalorado
por quienes sólo prestan atención a las dimensiones
político-militar y teológica de las civilizaciones.
Una matización, sin embargo, es preciso hacer a este planteamiento
respecto a los territorios andaluces que se incorporaron a Castilla
en 1492, tras la conquista del reino de Granada. Dos siglos y
medio después de la incorporación de Jaén,
Córdoba, Sevilla, Jerez y el resto de la Andalucía
del Guadalquivir, la Castilla que rompe rápidamente lo
firmado en las capitulaciones granadina no pretende ya ser el
reino de las tres culturas sino que es la que ese mismo año
dicta la deportación en masa de los judíos del reino
y está en los inicios de un proyecto claramente imperialista
tanto respecto a los otros reinos peninsulares como para la expansión
ultramarina y el reparto del mundo legalizado con la firma de
Portugal y la bendición del Papa de Roma en el tratado
de Tordesillas.
Ello es lo que explica el nivel sin precedentes de intolerancia,
integrismo religioso y represión política y cultural
que sucedió a la conquista de la Andalucía penibética,
alcanzando niveles de verdadero etnocidio. Destrucción
de bibliotecas, prohibición de la lengua propia incluso
en el ámbito familiar, conversiones forzadas, imposiciones
económicas insufribles, política en fin de arrasamiento
y opresión que dieron como resultado las sangrientas luchas
étnicas conocidas como Guerra de Granada, en 1568-71 con
la posterior expulsión total de los moriscos supervivientes
en 1610: una deportación generalizada a todos los reinos
de la Corona.
Será esta diferente forma de incorporación a Castilla
de la Andalucía granadina respecto a la que se dio dos
siglos y medio antes en el resto de la antigua Al-Andalus, la
que explica algunas de las diferencias que todavía hoy
existen entre comarcas de la Andalucía granadina y de la
Andalucía del Guadalquivir y la Sierra Morena en aspectos
poblacionales, de uso de tierra, lingüísticas y, en
general culturales. El objetivo de los conquistadores fue distinto
y se enmarcaba a fines del siglo XV en un proyecto que era ya
imperial: por eso las opción fue la asimilación
total de su cultura, o su desaparición física.
Durante los últimos doscientos cincuenta años de
la Edad Media europea -- cuyas características generales
son inaplicables al proceso histórico andaluz-- Andalucía
estuvo dividida en dos estados y dos culturas aunque la ósmosis
entre ellas fuera mayor de los que suele reconocerse, ya que ambas
constituyeron verdaderas "culturas de frontera". Una
vez integrados ambos territorios al estado castellano, el centro
de gravedad de éste, hasta entonces fundamentalmente situado
en la meseta norte, cambia sobre todo en términos económicos,
no en lo político, hasta el punto de pivotar en gran medida
sobre Sevilla. Si la capitalidad política de Castilla es
Valladolid, más tarde y ya definitivamente Madrid, la capital
económico-comercial fue durante más de dos siglos
la Baja Andalucía, concretamente el eje Sevilla-Cádiz.
Sevilla se convierte, de hecho, en la capital administrativa del
imperio colonial americano y en le centro económico más
importante del estado castellano. El monopolio del comercio, la
salida y entrada anula de la flota de su puerto durante la etapa
final del monopolio, a fines del XVII, trasladado a Cádiz--,
con el cargamento de la plata, hace de Sevilla una de las ciudades
más populosas, cosmopolitas y pluriétnicas de Europa.
A la vez, el hecho de ser Sevilla centro comercial de primer orden
dinamiza la agricultura de mercado que ya antes predominaba en
las fértiles campiñas del Guadalquivir: el aceite,
el vino y otros productos salen por el puerto de Sevilla hacia
los virreinatos americanos y también -- sobre todo el vino--
hacia el centro y norte europeo. Se consolida así, en las
tierras más productivas de la campiñas andaluzas,
y alrededor de producciones para el mercado tanto interior como
exterior, unas relaciones sociales de producción que no
dudamos en considerar como capitalista varios siglos antes que
en otros lugares de la Península y de Europa.
La relación fundamental, en muchos casos casi única,
entre grandes propietarios agrícolas y trabajadores muchos
de ellos en una situación de proletarización plena,
es el salario. En el siglo XVI estamos ya, en algunas zonas de
Andalucía -- especialmente del Valle y las campiñas--
en presencia de una situación económico-social que
es claramente moderna : las producciones van dirigidas, en su
práctica totalidad, al mercado, sin que el autoconsumo
o la forma de producción campesina, aunque exista, tanga
un peso fundamental; la tierra funciona como capital y los beneficios
que de ella se obtienen se reinvierten, en gran parte, en la adquisición
de otras nueva, con lo que se refuerza la tendencia a la concentración
de la propiedad; la plus valía se extrae a los trabajadores
principalmente mediante el salario; existe un creciente proceso
de proletarización -que culminaría en el siglo XIX
como resultado de las desamortizaciones de los bienes comunales
y de propios--; y se asiste a una también creciente polarización
social entre propietarios y obreros agrícolas sin tierras
o con una muy pequeña cantidad de ésta.
Las anteriores características , que claramente dibujan
un contexto de economía capitalista de mercado, al menos
incipiente, no se contradicen con el hecho, también cierto,
de que los grandes propietarios agrícolas, en su mentalidad,
pautas de vida y consumo, aspiraciones y, en muchos casos, también
títulos, sean nobles aristócratas, la mayoría
de ellos procedentes de Castilla, beneficiados por los repartimientos
y por las compras posteriores de más tierras a medianos
y pequeños propietarios. La inadecuada creencia de que
los modos de producción han de tener una correspondencia
automática en los modos de pensamiento, y de que todo capitalismo
ha de responder al modelo del capitalismo industrial, están
en la base de multitud de mixtificaciones e interpretaciones erróneas
del caso andaluz, como la que afirmaba la presunta existencia
de una "situación feudal o semifeudal" en Andalucía
hasta tiempos recientes.
Así , pues, durante la Edad Moderna existe en buena parte
de Andalucía , especialmente en la Baja Andalucía,
una economía de mercado en expansión, de tipo moderno,
de base agrícola, que es la más dinámica
del estado castellano, y en base a ella se da un cosmopolitismo
que produjo importantes movimientos y creaciones de tipo artístico
y literario. Esta situación, sin embargo no afecta a la
totalidad del país: en muchas comarcas de las Sierras y
de la antigua Andalucía granadina la situación es
muy otra y permanecen formas predominantemente del territorio
y el sistema social andaluz.
La Andalucía contemporánea: entre la modernidad
y el subdesarrollo.
A pesar de los desequilibrios internos -- no mayores que el de
otros países y territorios de España y de Europa
en su tiempo--, Andalucía se sitúa al comienzo de
la Edad Contemporánea en una posición potencialmente
favorable, aunque también con algunas trabas, para revalidar
su modernidad convirtiéndose en un foco de industrialización.
Y, en efecto, el primer impulso industrializador se dio y fue
importante. Pocos conocen que los primeros altos hornos de España
fueron los de Marbella, en 1826, para el aprovechamiento del hierro
de Sierra Blanca, y El Pedroso, en la Sierra de Sevilla. Basta
con leer las informaciones y estadísticas contenidas en
la enciclopédica obra de Pascual Madoz para comprobar que
varias provincias andaluzas se encontraban a mediados del XIX
dentro de las primeras de España en varias de las más
importantes producciones industriales. Málaga era primera
en producción de jabón y aguardientes, segunda en
productos químicos y tercera en fundiciones y construcción
de maquinaria siendo también muy importantes sus fábricas
textiles, que continuaban, al igual que en Granada, una vieja
tradición basada en la seda y el cáñamo.
Sevilla ocupaba el primer lugar en vidrio, loza, yeso, y cal y
el cuarto en hierro, acero y maquinaria. Y Cádiz era quinta
en el sector químico y séptima en hierro y acero.
Mucho tuvo que ver en esta situación el verdadero boom
minero del hierro, el plomo, el cobre, el azufre, e incluso el
oro, que se dio durante varias décadas en los focos de
Riotinto (Huelva), la costa mediterránea, en especial la
Sierra Almagrera (Almería), los Pedroches (Córdoba),
Linares (Jaén) y varios más, que en algunos casos
dieron lugar a la aparición de siderurgias. Por no citar
el mantenimiento de la importancia de las producciones agrícolas
y agroindustriales, muchas de ellas dirigidas principalmente a
la exportación: vinos de Jerez, Málaga, Montilla
y El Condado de Huelva, uvas.-pasas malagueñas, uvas de
mesa almerienses, aceita, caña de azúcar, trigo
con unos altos rendimientos.....
A finales de los años sesenta durante la década
de los sesenta y durante la década de los setenta, sin
embargo, casi todo ello comenzó a ser sólo un recuerdo
de lo que pudo ser y no fue, una inmensa frustración colectiva
y un motivo para la arqueología industrial. En lugar de
una profundización en la vía industrial, se produce
una re-agrarización y reruralización profunda del
país que lo aboca al subdesarrollo. Motivos internos, referidos
a la propia estructura económica y social andaluza, y externos,
en relación sobre todo a la nueva reorganización
de la división territorial del trabajo que supuso la cristalización
global definitiva del modo de producción capitalista, confluyeron
para producir este efecto.
Sólo a modo de apretada síntesis apuntaremos algunos
de entre los mas decisivos factores concurrentes: la política
de desamortizaciones agrícolas de los gobiernos liberales
del Estado, que desvió hacia la compra de tierras buena
parte de los capitales que sin esta posibilidad hubieran podido
ser invertidos y reinvertidos en la industria. El carácter
colonial, puro y duro, de varias de las grandes explotaciones
mineras, cuyo paradigma fueron las minas de Riotinto, en manos
de la Compañía Británica, que no produjo
ni una sola fábrica ya que suponía solamente un
mecanismo de expoliación del mineral y desertización
del territorio. El minifundismo, por contraste a lo anterior,
predominante en la minería no controlada por grandes sociedades
extranjeras. El desfase entre las necesidades de carbón
y las disponibilidades de carbones vegetales y minerales cercanos
a las siderurgias, con unos costos prohibitivos de importación
de los mismo debido al retraso e inadecuada planificación
para los intereses andaluces de la red de ferrocarriles. La presencia
económica y la influencia política de la crecientemente
pujante burguesía industrial de otras zonas del Estado,
en especial Cataluña, con mayor dinamicidad en las innovaciones
tecnológicas, más cercano acceso a las fuentes financieras
y mayor atención a la reinversión y la competitividad,
y a la que interesaba sobre todo garantizar su monopolio sobre
el mercado interior español, lo que consiguió en
gran medida favorecida por la política de infraestructuras
de transportes y comunicaciones que se llevó a cabo efectivamente
a nivel del Estado. También, y no en pequeña medida,
debe ser considerado el grado limitado de la apuesta por el riesgo
de la burguesía andaluza y el hecho de que el sector más
conservador de esta -- la oligarquía agraria con base en
el sistema económico y social latifundista -- no podía
contemplar con buenos ojos un proceso de industrialización
que podía tener como unos de sus efectos el éxodo
del campo a los núcleos industriales, poniendo en peligro
la continuidad de los bajos salarios y las condiciones de trabajo
típicas del primer capitalismo, aquí en la agricultura,
que eran la base de su poder no sólo económico sino
también social y político.
No es algo casual, sino muy significativo, que fuera esta oligarquía
agraria, propietaria de grandes explotaciones de aprovechamiento
extensivo, agrícola y ganadero, y que aunque con proclividad
a los modos de vida, la mentalidad y la parafernalia señorial
era rotundamente, en términos de clase económica,
una gran burguesía agraria, la que optara, y al fin impusiera
a nivel del Estado, una política fuertemente proteccionista
en lo económico y centralista en lo político, frente
a los sectores burgueses andaluces más dinámicos:
industriales, agroindustriales y de la agricultura para la exportación,
que se vieron fuertemente perjudicados.
Este proteccionismo económico que interesaba a los grandes
propietarios de las explotaciones cerealista y olivareras andaluzas
coincidía plenamente con los intereses económicos
de la gran burguesía catalana, centrada sobre todo en el
textil, y de la gran burguesía financiera y luego también
industrial -- centrada en la industria pesada-- del País
Vasco. De aquí que pueda hablarse de una coincidencia,
e incluso, al menos en cierto sentido, de un pacto entre estos
sectores de la gran burguesía española de la segunda
mitad del XIX. A partir de entonces y durante un siglo, hasta
la reciente reestructuración del modelo económico
estatal resultado de una nueva organización territorial
del trabajo, esta vez a nivel europeo y mundial, Andalucía
hubo de asumir un papel dependiente en lo económico --y
también crecientemente en lo político-- principalmente
centrado en las producciones agrícolas con apenas transformación
ni valor añadido, en el suministro de recursos mineros
y también humanos, cuando era necesaria una abundante mano
de obra en las zonas industriales de España y Europa y
en constituir un extenso mercado para la industria foránea,
lo que representa, claramente, una situación de subdesarrollo.
En las últimas década, sin alterarse esencialmente
los factores anteriores, se han añadido otros tres: especialización
en un turismo de masas estacional, de dudosos beneficios económicos
y a veces irreversibles efectos en la ecología de las costas,
intensificación de cultivos para la exportación
en lugares también costeros de clima templado o subtropical,
en base sobre todo al trabajo familiar, y destrucción del
ya de por sí débil tejido industrial existente.
2.
LA IDENTIDAD ACTUAL DE ANDALUCIA Y SUS COMPONENTES ESTRUCTURALES.
La cultura andaluza actual y Andalucía como pueblo cristalizan
en la Edad Contemporánea --en el "presente histórico"
de los últimos ciento cincuenta años-- como resultado
de la imbricación entre una Historia compleja y peculiar,
que como hemos visto se diferencia muy claramente de la de otros
pueblos y territorios situados a su norte y su sur, una estructura
social fuertemente polarizada, resultado de dicho proceso histórico,
y una situación de dependencia económica y política
dentro del Estado Español. De ahí que pueda afirmarse
a la vez de Andalucía, siendo ambas afirmaciones ciertas,
que, por una parte, representa la civilización más
antigua de Occidente y, por otra, que es uno de los pueblos más
jóvenes de Europa
La actual identidad de Andalucía es resultado, pues, de
la existencia de un acervo de elementos culturales muy rico y
diverso, procedente de una superposición de temporalidades
y horizontes históricos, todos ellos en un contexto civilizatorio
mediterráneo, percibidos y readaptados desde la posición
económica y políticamente periférica que
en el último siglo y medio, como nunca hasta entonces en
tres mil años, ha tenido el país. De ahí
las contradicciones y ambivalencias que presenta; de ahí
también la dificultad de comprenderla y profundizar en
sus adecuadas significaciones.
De esta manera, una de las potencialidades principales de Andalucía
de hoy el capital simbólico que supone su Patrimonio Cultural,
tanto material como, sobre todo, inmaterial, cuyo conocimiento
y puesta en valos debe ser uno de los objetivos fundamentales
de cualquier política en el presente.
En pocos países no ya el Estado Español sino de
todo el Mediterráneo y de Europa existen unas creaciones
artísticas, en la arquitectura, pintura, música,
poesía, y en casi cualquier ámbito de la expresión
cultural que puedan parangonarse en cantidad y calidad a las andaluzas.
En los últimos cinco siglos, para no remontarnos más
atrás, los nombres de andaluces universales pueden llenar
enciclopedias. Pintores desde Velázquez o Murillo a Picasso,
poetas desde Herrera o Góngora a Federico García
Lorca, Antonio Machado, Alexandre o Alberti, músicos como
Manuel de Falla, por no citar más que unas pocas figuras,
son una buena aunque sólo minoritaria prueba de ello.
Pero si la creatividad, la chispa incluso genial, es la nota característica
en la cultura "culta", ello no sólo se amengua
sino que incluso de desborda en las producciones de la cultura
"popular". ¿Cuántas realidades de otros
lugares son comparables a la estética de los pueblos blancos
de las Sierras de Cádiz y Ronda y de tantas otras comarcas
andaluzas? ¿Dónde encontrar una estética
tan global y exquisita como la de las procesiones de Semana Santa
en cualquier ciudad o pueblo andaluz, en una representación
tan sensual y rica de componentes y matices que ha podido ser
calificada como "ópera popular total"? ¿Qué
otra expresión, salvo quizás el jazz, se enraíza
como el flamenco en lo más hondo del dolor y la angustia
de un pueblo hasta alcanzar tan elevadas cotas de humanidad universal?
Sin duda, sería posible multiplicar los casos y ejemplos
con sólo una mirada mínimamente comprensiva sobre
la realidad cultural de Andalucía, sobre los marcadores
diferenciales de la etnicidad andaluza, pero conviene, más
allá de las situaciones, comportamientos y formas de expresión
concretos, tratar de acceder a las características estructurales
de la identidad que subyacen bajo realidades, actitudes y expresiones
plurales que dan a lo andaluz tan gran riqueza de diversidades
y matices.
Tres son las características estructurales básicas,
resultado del complejo y rico proceso histórico-cultural
desarrollado en Andalucía y de las condiciones socioeconómicas
en que han cristalizado sus elementos y expresiones actuales.
La primera es el acentuado antropocentrismo, o tendencia a la
personalización humanizada de las relaciones sociales;
la segunda sería la negación a admitir cualquier
tipo de inferioridad real o simbólica que afecte a la autoestima,
con la consiguiente tendencia hacia una ideología igualitarista,
sobre todo en el nivel de los simbólico; y la tercera,
una visión del mundo y una actitud relativista respecto
a las ideas y a las cosas.
Antropocentrismo y segmentación social.
En relación a la primera de las características,
conviene subrayar que el acentuado antropocentrismo supone la
búsqueda de unas relaciones fuertemente humanizadas, lejos
de las relaciones categoriales, puramente funcionales, en que
se ponen en contacto sólo los contenidos de rol. Cualquier
relación anónima tiende a ser reconvertida en una
relación personalizada, lo que es fácilmente captado
por los foráneos considerándola, de forma no pocas
veces simplista, como prueba del carácter abierto de los
andaluces.
El antropocentrismo en modo alguno equivale a individualismo,
como inadecuadamente se afirma muchas veces a la ligera, sino
reafirmación y búsqueda de la individualidad globalizada
de cada sujeto social para hacer posible una relación humana
y no una relación exclusivamente instrumental. Raro será
el andaluz que se emborrache en soledad o cante solo, o guarde
para sólo él, o ella, la alegría. Como también
será difícil encontrar el esfuerzo constante y solitario.
Para lo uno y lo otro, para lo positivo y lo negativo, la comunicación
se da entre protagonistas simétricos como entre protagonista
y coro, sea a través de la palabra o de la música,
o mediante el silencio que no es vacío sino medio de comunión.
El objetivo de fomentar situaciones de relación social
globales y personalizadas es también la causa de una muy
extendida sociabilidad, que a veces está institucionalizada
en asociaciones de diverso tipo --que más allá de
sus objetivos explícitos poseen siempre una marcada tendencia
a la plurifuncionalidad--, y muchas más de no estar formalizada
y funcionar fluidamente en grupos , facciones, "cuasi-grupos"
y otros tipos de agrupamientos. Esta acentuada sociabilidad entre
iguales, reales o simbólicos --y así se consideran
recíprocamente todos aquellos que en un contexto, situación
o lugar específicos pueden entablar relaciones humanas
personalizadas--, explica uno de los caracteres más significativos
de la sociedad andaluza: su fuerte segmentación en grupo
y subgrupos de dimensiones generalmente reducidas, con conciencia
de "nosotros" diferenciado y poco permeables al exterior,
cada uno de los cuales interactúa en un lugar específico
y separado, física o simbólicamente, sea éste
un bar o taberna, una peña, casino, cofradía, caseta
de feria, asociación ciudadana o incluso sindicato o partido
político.
Esta fuerte segmentación, que tampoco equivale a individualismo,
no se produce solamente siguiendo las líneas de división
de clases y de estratos sociales, sino que se da también
en el interior de unas y otros y atraviesa muchas veces verticalmente
los límites entre las diversas clases y estratos, lo que
explica la proliferación de dualismo y pluralismo con base
territorial y no clasista o definidos respecto a un eje de carácter
explícitamente religioso, o político, o ceremonial,
o deportivo o de otro tipo, pero cuya principal dimensión
es la simbólica. Todo ello produce un tejido social muy
complejo, difuso, difícil de percibir y de poca densidad
de nudos, que dificulta la aglutinación en torno a proyectos
globales que no contemplen el protagonismo de los diversos "nosotros"
o sean empujados por los sujetos sociales que se sitúan
en los no muy numerosos, y por ello estratégicos, nudos
de la red.
El antropocentrismo se refleja en la conducta cotidiana de los
sujetos sociales, que adopta un carácter socialmente activo,
penetrante y abierto en un primer nivel de relación con
quienes no forman parte del grupo o cuasi-grupo propio, que es
el universo social conocido, pero que enmascara una actitud defensiva
y de resistencia a la apertura y la comunicación más
allá de dicho límite. De aquí que los andaluces
tengan fama de abiertos, de fáciles, para los integrantes
de otras etnias que ha entablado una relación poco profunda
o esporádica con ellos; pero esta consideración
puede cambiar extraordinariamente, e incluso convertirse en asombrada
frustración, si intentan insertarse en la sociedad andaluza
o en uno de sus múltiples grupos a demasiada velocidad.
En el plano político, la acentuada personalización
de las relaciones tiene también consecuencias importantes.
El grado de credibilidad, la confianza que los líderes
políticos, sindicales, ciudadanos, o de opinión
puedan merecer --y esto puede ser extendido también al
campo de las empresas e instituciones-- es más importante
que los propios proyectos e ideologías que estos defiendan.
O , al menos el peso de éstas no es mayor al de aquél.
Y al nivel más cercano, local, esto se acentúa.
Como también es el antropocentrismo el que pueda explicar
adecuadamente la específica religiosidad andaluza, en general
distanciada de misticismos y centrada en la humanización
de las imágenes religiosas y de las relación con
ellas. Por este antropocentrismo, las imágenes concretas
de Jesús y de María no son, para el imaginario colectivo
de los andaluces, iconos intercambiables en su significación
sino individualidades no equivalente entre sí que pueden
concentrar identificaciones, devociones, fidelidades y hasta hostilidades
intransferibles. La búsqueda, también en esta dimensión,
de las relación personalizada explica la forma humanizada
de conducir a las imágenes en sus tronos o pasos, para
que cobren existencia casi humana y puedan andar, o incluso danzar;
el modo de vestirlas y el de dirigirse a ellas, siempre proyectando
esquemas humanos: con mayor distanciamiento respecto al Padre
Jesús -que para provocar la devoción popular ha
de estar vivo y sufriente y no muerto en la cruz o en el sepulcro--
y con mayor familiaridad, e incluso confianza, respecto a las
Vírgenes, que concentran los roles humanos de madre, novia,
e incluso mujer joven e idealiza a secas.
El rechazo simbólico de la inferioridad.
La segunda de las características estructurales de la identidad
andaluza actual es la fuerte tendencia al no reconocimiento, y
aún menos interiorización, de ningún tipo
de inferioridad; el rechazo a ser considerados y autoconsiderarse,
real o simbólicamente, inferiores.
Esto implica el intento de evitación, tanto a nivel individual
como colectivo, de cuantas situaciones supongan reconocer, objetiva
o subjetivamente, "ser menos" y conlleva un fuerte sentimiento
igualitarista en el sentido de que nadie es superior al yo individual
y el nosotros colectivo propio aunque existan evidentes diferencias
y desigualdades económicas, sociales y de poder. La explicación
de muchos acontecimientos sociales y políticos en la historia
contemporánea de Andalucía estriba, en gran parte
, en este rechazo a la consideración de inferiores. Ya
en 1869 apuntaba lúcidamente Antonio Machado Núñez
el fundador de la Sociedad Sevillana de Antropología y
catedrático de la Universidad Hispalense--, refiriéndose
sobre todo a las "clases pobres", que "no se someten
jamás a los actos de humilde servidumbre que exigirían
muchas veces sus necesidades, porque no sufren los alardes de
superioridad ni la altivez en los que mandan... Los artesanos
poseen este espíritu altivo y orgulloso que no se doblega
y los trabajadores del campo se sublevan en cuanto el labrador
les trata con algún despego o altanería. La dureza
de otro hombre a quien creen su igual, y para ellos todos lo son,
los exaspera y le arrojarían a la cara el pedazo de pan
que tuvieran para alimentarse aquel día si al cogerlo hubieran
de sufrir en su orgullo o amor propio".
La afirmación de la dignidad está en la base de
los movimientos campesinos y jornaleros andaluces, tanto del siglo
pasado como del actual, y de una cultura del trabajo tradicional
--puesta hoy en entredicho por los altísimos niveles de
paro estructural, sobre todo en el campo, y la política
estatal de subsidios-- en la que es central la consideración
de que sólo el trabajo directo legitima el derecho a la
propiedad. La reivindicación histórica de "La
tierra para el que la trabaja" y valores firmemente enraizados
en la clase obrera andaluza como "el cumplir" y "la
unión", que son elementos centrales en las culturas
del trabajo de los trabajadores andaluces, tienen subyacente esta
característica estructural de la identidad andaluza contemporánea.
Sólo desde esta clave cultural de rechazo a la aceptación
de la inferioridad, esta vez de Andalucía como pueblo respecto
a otros pueblos de España, pueden explicarse esas verdaderas
explosiones populares del sentimiento de identidad política
andaluza que fueron el 4 de Diciembre de 1977, el referéndum
de iniciativa autonómica del 20 de Febrero de 1980 y los
sorprendentes resultados de este , que hicieron que Andalucía
se incorporara, mediante su protagonismo activo, a las otras tres
"nacionalidades históricas" del Estado. Se trataba,
antes que ninguna otra cosa, de rechazo airado al intento de que
los andaluces aceptaran ser un pueblo de segunda categoría
en cuanto a los niveles y ritmo de su autonomía.
Sólo había un camino constitucional, el de artículo
151, para equipararse legalmente a los países a quienes
se había otorgado, no poco arbitrariamente --de hecho en
virtud del peso político de sus partidos nacionalista y
de su presencia en la elaboración de la Constitución
del 78--, el acceso directo a la Autonomía de primer grado:
Cataluña, Euskadi y Galicia (esta última añadida
a las dos primeras para no hacer demasiado escandalosa la discriminación
positiva que se les hacía).
Y fue precisamente esa vía, tortuosa y prácticamente
inviable en la práctica, no considerada posible por todos
los partidos políticos sin excepción, que trataron
el tema sólo como un elemento más en su juego de
intereses y pugna por el poder, la que los andaluces, a partir
de ayuntamientos, asociaciones, instituciones y en realidad todo
el conjunto de la sociedad civil, consiguieron recorrer, desbordando
a los partidos, ante el asombro, e incluso estupor, de quienes
venían repitiendo que Andalucía no poseía
conciencia de pueblo ni era en ella posible una reafirmación
política reivindicativa. En clave cultural, el motor de
la movilización popular fue, fundamentalmente, el rechazo
a ser tratados como pueblo de segunda categoría cuando
a otros se concedía el derecho -- o al menos esa era la
lectura-- a decidir por sí mismos sobre su propio futuro
y la forma de encarar sus problemas colectivos.
Es esta misma clave cultural la que también explica el
éxito, al menos a costo plazo, de quienes-- personas u
organizaciones-- pueden hacer creer colectivamente a los andaluces,
o a sus grupos y segmentos en contextos subétnicos, que
se les otorga la consideración de iguales, e incluso de
superiores, para continuar explotándolos o instrumentalizándolos
económica, social o políticamente. Es esta una práctica
que han venido realizando las clases dominantes tradicionales
andaluzas respecto a algunos sectores de sus trabajadores, estableciendo
con estos, en contextos no laborales, formas de relación
social aparentemente igualitarias para ocultar la asimetría
en las relaciones de producción.
El rechazo activo de la aceptación de la inferioridad no
es, sin embargo, más que un caso límite. La mayoría
de las veces lo que se da es un rechazo simbólico, por
múltiples vías, de esta interiorización de
la subalternidad. Si Andalucía pudo ser definida en la
primera década de nuestro siglo como "la tierra más
alegre de los hombres más tristes del mundo", ello
es porque desde las características estructurales de la
identidad cultural no se da una interiorización masoquista
ni desesperada de la pobreza y la tristeza. Por el contrario,
la cultura andaluza es muy rica en mecanismos simbólicamente
compensatorios: las familias jornaleras sin tierra ni trabajo
de cualquier pueblo andaluza pueden ser muy pobres, pero esto
no se exteriorizará como una lacra o una herida para producir
compasión o reflejar la propia pobreza, sino que las fachadas
de sus casas cegarán con la cal mil veces reafirmada y
en su interior estarán los ladrillos del suelo gastado
de tanta limpieza mientras las planta y flores proliferarán
en todas partes aunque los tiestos sean de lata oxidada. La pobreza
existe pero no se interioriza ni se hace gala de ella; incluso
se compite simbólicamente en blancura, limpieza y flores
-- las joyas de las andaluzas pobres-- con las viviendas de los
grandes propietarios.
Incluso, en ocasiones, el rechazo simbólico de la inferioridad
estructural se realiza mediante una verdadera inversión
ritualizada del orden social y jerárquico. Un elemento
importante de no pocas fiestas andaluzas --algunas de ellas tan
famosas y tan generalmente mal comprendidas como la romería
del Rocío-- es la apropiación de los símbolos
colectivos centrales del ritual por partes de sectores cotidianamente
subalternos que se convierte en protagonistas. Como también
hay que interpretar en esta clave el humor distante y escéptico
ante situaciones difíciles o nuevas que no pueden controlarse
realmente pero que se superan simbólicamente negando su
importancia o trivializándolas.
La base de esta característica estructural de la etnicidad
andaluza está fuertemente sumergida en la historia. En
Andalucía nunca hubo un contexto plenamente feudal; no
lo hubo en Al Andalus y tampoco tras la conquista castellana,
ya que los repobladores que viene del norte lo hacen como hombres
libres y no como siervos de los señores. No se dio, pues,
un vínculo de vasallaje que supusiera subordinación
jurídica e interiorización simbólica de la
inferioridad y la dependencia. Por ello no surgieron comportamientos
y modos de pensamientos basados en la aceptación de diferencias
innatas o estructurales en la dignidad personal como consecuencia
automática de las desigualdades económicas, sociales
y de poder. El tener menos nunca ha sido, ni es, interpretado
como signo de ser menos. El estar sujeto a una subordinación
económica y social no se interioriza ni se considera como
prueba de ser inferiores. La dignidad personal y la autoestima
no descansan en el tener sino en la percepción del ser
propio y de los otros.
El relativismo respecto a las ideas y las cosas.
Es esta la tercera de las que consideramos característica
estructurales de la etnicidad andaluza actual. Está estrechamente
ligada y es, en realidad, una consecuencia de las dos anteriores.
La relativización de lo que se considera eventual, pasajero,
sujeto al azar, a modas y vicisitudes, o es resultado de condicionamientos
externos -- riqueza, posición social, poder, títulos,
incluso creencias religiosas y credos políticos-- es la
otra cara de la moneda del antropocentrismo, de la centralidad
que se otorga a lo humano, a la persona desligada de sus circunstancias
y atributos procedentes del mundo externo.
Aunque ello no deje de ser una empresa imposible y metodológicamente
poco correcta, de lo que se trata es de desligar al máximo
posible el tener --material e inmaterial-- del ser --de la "esencia"
honrada o desalmada, digna o sin vergüenza, de cada ser humano--.
Esta relativización está en la base de una importante
dosis de tolerancia y permisividad, en todo aquello que no afecte
a la autoestima, a la dignidad personal o refiera a las relaciones
humanas "desnudas de roles". En base a ello, la cultura
andaluza es especialmente flexible para la aceptación de
innovaciones y de elementos procedentes de otras culturas para
insertarlos en sus sistema global sin necesidad de transformar
estructuralmente éste. De ahí su capacidad para
readaptarse y permanecer incluso en contextos adversos.
El carácter fundamentalmente pacífico, antidogmático
y abierto a las influencias exteriores de la etnicidad andaluza
dimana, precisamente, de esta relativización de los valores
materiales e ideológicos. Los conflictos, tanto entre individuos
como entre colectivos, sólo se producirán, en general,
y serán entonces muy fuertes, cuando la dignidad personal
o colectiva se considere agredida, y no por las diferencias existente
de riqueza, poder o creencias en sí mismas.
Este relativismo, positivo en muchos aspectos, también
posee, sin embargo, vertientes negativas, bloqueadoras de esfuerzos
colectivos y de implicaciones en proyectos a largo plazo. Si estos
no tienen como objetivo la lucha contra la discriminación,
sufrida en carne propia, personal o colectiva, la conquista de
la consideración de iguales, o el reconocimiento y reafirmación
de un nosotros colectivo, y no son liderados por personas a las
que se considere puede entregarse sin reparos la confianza, tendrán
pocas posibilidades de éxitos. Si por el contrario, se
dan estas condiciones, la fuerza reivindicativa y la solidaridad
en el trabajo, la lucha y el esfuerzo podrían alcanzar
cotas muy altas. Como también el grado de frustración
y de desencanto cuando dichas personas decepcionen o traicionen
la confianza puesta en ellas o haya una percepción de manipulación
del nosotros.
3. LOS IMAGINARIOS COLECTIVOS Y LAS POTENCIALIDADES IDENTITARIAS..
Desde los comienzos mismos de la civilización en Andalucía
hasta hoy, pocos países como el andaluz han gozado -- o
sufrido, según se mire-- de una mayor calidad de idealizaciones,
mitificaciones, mixtificaciones, alabanza y denuestos. Pocos lugares
en el mundo, y quizá ninguno tan continuadamente, han exaltado
tanto el imaginario colectivo foráneo.
Ya en la Antigüedad, geógrafos, historiadores y filósofos,
griegos como Avieno, Estrabón, Herodoto, Justino o Platón
pusieran en ella su atención, su interés admirativo
y su capacidad de imaginación. La histórica Tartessos
fue convertida hasta tal punto en mito legendario que, durante
mucho tiempo, hasta que las evidencias arqueológicas no
resultaron ya incontestables, llegó incluso a dudarse de
su existencia.
La admiración de los griegos por la civilización
semidesconocida pero real asentada en las ricas tierras cercanas
a las Columnas de Hércules, en el finisterre de su mundo,
fue heredada por los romanos de la República y el Imperio
que importaron de ella ricos productos agrícolas, minerales
y marinos -- el famoso garum, caro e insustituible condimento
para la cocina de más alto nivel--, intelectuales e incluso
emperadores.
La época de Al Andalus, ya desde su presente y hasta la
actualidad, ha provocado en el resto de la Península y
en prácticamente todo Europa la más profunda de
las fascinaciones a la vez que las más encontradas y apasionadas
interpretaciones.
La fascinación no concluye, sino que cambia de decorado
con la Sevilla capital del mundo, puerto y puerta de las Indias,
emporio de la plata, creadora de escuelas artísticas en
la pintura, la escultura y la poesía, ciudad de pícaros
y de santos, de Rinconete y Cortadillo y del pecador arrepentido
y luego venerable Mañara, foco del pensamiento erasmista
y de la Inquisición; Sevilla, como paradigma de Andalucía
y también de Castilla e incluso del conjunto de los países
hispánicos.
Cuando la decadencia llega, el interés por Andalucía
se redobla y las tierras y personajes andaluces pasan a constituir
objetos literarios para una Europa que sigue viendo en ellos,
--y sobre todo queriendo ver-- lo diferente, lo apasionante, lo
vitalista que ya no puede encontrarse --en realidad no se busca--
en otros países modernizados. Carmen y Don Juan, estereotipos
andaluces se convierten en figuras universales y los viajeros
románticos ingleses, franceses y norteamericanos difunden
por el mundo la imagen de Andalucía enigmática,
contradictoria, oriental y vitalista en la que "todo es posible
todavía". Andalucía excita como ningún
otro pais la fantasía y la imaginación de los europeos.
Y esta situación, en gran medida, se ha mantenido hasta
hoy, con sus ambivalentes consecuencias.
La fuerza de Andalucía en el imaginario colectivo ha tenido
también una responsabilidad directa en la no inocente consideración
de los específicamente andaluz como genéricamente
español. Un mecanismo que ha sido fomentado desde los intereses
del nacionalismo de estado español para dotar a éste
de un contenido cultural del que en gran parte carece, por su
carácter pluricultural y pluriétnico.
Debido a esta instrumentalización, a la mixtificación
interesada de la Historia y al propio "efecto de rebote"
de las imágenes exteriores, en general hiperbólicas
o segadas, la conciencia de identidad andaluza no se corresponde
hoy con la intensidad de su nivel como sentimiento. Los factores
de bloqueo son en la actualidad más fuertes que las situaciones
y elementos catalizadores, pero ello no hace desaparecer, sino
sólo paralizar, la activación de la potencialidad
étnica andaluza, tanto en lo cultural como en lo político
y lo económico.
De cara al futuro el Patrimonio Cultural e Histórico, las
virtualidades de muchos de los rasgos y componentes de la identidad
y el propio nombre de Andalucía son activos de primera
importancia a considerar y utilizar, mediante su puesta en valor,
articulándolos con otras realidades y posibilidades referidas
a producciones y actividades. La combinación de unos y
otras en Andalucía es única entre los países
del Mediterráneo. Su aportación a un Arco Latino
que complemente y reequilibre el peso del norte europeo puede
también serlo.
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