Lic. Víctor Silva Echeto
Universidad de Sevilla (España)
Universidad de la República (Uruguay)
La construcción de las identidades
y las alteridades, desde la perspectiva de la Comunicación
Intercultural, se encuentra hoy ante una de sus mayores crisis.
Es que hoy en día la cuestión de las identidades
culturales salta al primer plano tanto del análisis de
los procesos sociales como en la elaboración de los proyectos
políticos. Esto se debe a la crisis radical que atraviesan,
por un lado, los modelos de desarrollo, y por otro, los paradigmas
desde los que esos modelos fueron legitimados e impugnados.
En este contexto se han ido produciendo, en las sociedades contemporáneas,
intentos de reafirmaciones identitarias; acompañadas de
situaciones críticas de rechazo o acogida al “Otro”, al
supuestamente diferente, a las alteridades étnicas culturales
y sociales. Por una parte crece el número de comunidades
que no ocultan su hibridez física y socio-cultural, y por
otra, se crean también las que intentan rechazarlas, agudizando
los grados de violencia al intentar ocultar sus marcas híbridas.
Finalmente, hay que considerar, que las distancias virtualmente
se reducen, quebrando el “aquí” y “ahora”. Son momentos
contemporáneos en que presenciamos en “vivo” y en “directo”
una “guerra” (¿intercultural?) por televisión. La
no comprensión del “otro” legitima un discurso “fundamentalista”
tanto por parte de Occidente como de los llamados musulmanes que
operan occidentalmente, tanto desde el punto de vista económico,
como militar.
La mitología blanca, como la denomina Jacques Derrida,
que ha propugnado Occidente y que generaliza sus particularidades
transformándolas en globales. Es una manera de glocalizarse
en la medida en que las particularidades de pensamiento, económicas
y militares se globalizan. En el marco de la mitología
blanca (Derrida; 1971ª, 1989: 253-ss), se opera imperializando
las tecnologías de la comunicación y bélicas.
“La metafísica –mitología blanca- que reúne
y refleja la cultura de Occidente: el hombre blanco toma su propia
mitología, la indoeuropea, su logos, el mythos de su idioma,
por la forma universal de lo que todavía debe querer llamar
razón” (Derrida; Op. Cit.:253).
El término glocalización, está siendo rescatado
actualmente en los estudios sobre la Comunicación Intercultural,
porque permite discutir las líneas globalizadoras que no
habilitan más que una mirada uniforme y homogénea
sobre la economía, la sociedad y el arte. Sin embargo,
a esas líneas globales (que no se discuten), se producen,
paralelamente, movimientos paradójicos de localización.
Glocalización es un concepto que viene del inglés
Glocalisation, y designa el hecho de que en lo sucesivo lo global
es inseparable de lo local.
De esta forma surgen algunas preguntas: ¿es posible pensar
interculturalmente sin tener en cuenta estos contextos?, ¿pueden
obviarse las violencias simbólicas y simuladas que se generan
en torno al universo mediático?
Hay que considerar que los cambios que se están produciendo
contemporáneamente en torno a las nociones: identidad y
alteridad, permiten proponer nuevas vías para los estudios
de esos conceptos. El concepto esencialista de identidad ingresa
en un proceso acelerado de descomposición y las nuevas
perspectivas híbridas y mestizas comienzan a ser valoradas
no sólo en los ámbitos intelectuales y universitarios,
sino también en el contexto cultural.
Es que las identidades y las alteridades son construcciones intelectuales
que sólo toman sentido al ponerlas en relación la
una con respecto a la otra. Ya lo planteaba Charles Sanders Peirce,
cuando señalaba, que dónde quiera que haya identidad,
hay necesariamente alteridad. En términos sociológicos
Manuel Castells expresa:
“Es fácil estar de acuerdo sobre el hecho de que, desde
una perspectiva sociológica, todas las identidades son
construidas. Lo esencial es cómo, desde qué, por
quién y para qué. La construcción de las
identidades utiliza materiales de la historia, la geografía,
la biología, las instituciones productivas y reproductivas,
la memoria colectiva y las fantasías personales, los aparatos
de poder y las revelaciones religiosas” (Castells, 1997: 29).
El carácter relacional se asume tanto desde la identidad
como desde la alteridad, porque los otros también piensan
sus relaciones con la mismidad. “Lo que nosotros llamamos instituciones,
orden social, filiación y alianza se inscribe en el pensamiento
de la identidad, de la alteridad y de la relación” (Augé,
1994, 1996: 21).
Asimismo, al abanico de disciplinas, instituciones e imaginarios,
que menciona desde la Sociología Manuel Castells, desde
una perspectiva comunicacional, hay que sumarle los medios de
comunicación y las nuevas técnicas de la simulación,
que profundizan la diseminación de las identidades, y lo
que es más importante, la consideración de los otros
y de ese intermediario complejo (y que agudiza la violencia simbólica
[1] en esa relación virtualmente dual) que es la hibridez.
Es que la técnica gobierna la discusión actual y
“constituye históricamente el umbral de (la) problemática
teórica de la comunicación” (Viscardi, 2001: 5).
El escritor Amin Maalouf –nacido en el Líbano, exiliado
durante la guerra y actualmente viviendo en París- considera
que la proliferación de imágenes, sonidos y variedad
de productos cubre todo el planeta, modifica los gustos, las aspiraciones,
los comportamientos, los modos de vida y las visiones del mundo.
Por su parte, Juan Goytisolo –escritor que vive a caballo entre
Marruecos, Francia y España-, escribe que quien haya circulado
en agosto de 2001 por las carreteras de Marruecos, habrá
visto el desfile continuo de coches con matrículas de la
Unión Europea, “pero con chóferes y pasajeros indígenas”,
lo que implica el primer signo, “el más llamativo”, de
los cambios que se han introducido en la sociedad por la llegada
de un millón de magrebíes establecidos en el extranjero
(2001: 15).
“A diferencia de hace unos años, éstos no vienen
ya únicamente en vehículos usados y antiguos, en
caravanas de segunda mano. Ahora conducen las mejores marcas,
flamantes todoterreno, descapotables con música ensordecedora.
Regresan a su tierra como triunfadores. Son los indianos de la
época” (2001: 15).
Han cambiado su estilo de vida, regresan con ropas occidentales
y nuevos gustos musicales. La mayor parte de las muchachas visten
como las europeas e intentan comportarse de acuerdo a sus pautas.
“Abundan los niños que se expresan en francés, en
holandés, en alemán, en español. Visten camisetas
de Gap, Fila, Chevignon o de la Caixa” (2001: 15). Se ven todo
el tiempo con sus cámaras de foto y video, parece como
si fueran turistas en su propio país.
“Muchos jóvenes vienen a buscar novia y casarse en una
ceremonia obligatoriamente grabada en magnetoscopio (este último
requisito es ineludible y creo que las autoridades religiosas
o judiciales deberían estudiar la posibilidad de declarar
nulas aquellas bodas que no hayan sido convenientemente filmadas
a fin de ser proyectadas durante días y aun semanas a las
visitas en el comedor de los cónyuges)” (2001: 15).
Por otro lado, los jóvenes que se quedan en Marruecos,
muchos de ellos en el paro, observan día y noche por la
televisión, las imágenes de un mundo embellecido
e inaccesible. Algunos intentarán, manta en la cabeza,
lanzarse a la aventura de alcanzar las orillas de la felicidad
televisiva y el futuro. Pero no todos lo lograrán, y la
inaccesible fortaleza europea, los pondrá en manos de redes
mafiosas que explotarán su pobreza e ilusión de
alcanzar el nivel socio-económico de los inmigrantes que
vuelven a Marruecos.
En el caso de América Latina, Néstor García
Canclini, escribe:
“los consumidores de todas las clases sociales son capaces de
leer las citas de un imaginario multilocalizado que la televisión
y la publicidad agrupan: los ídolos del cine hollywoodense
y la música pop, los logotipos de jeans y tarjetas de crédito,
los héroes deportivos y los políticos de varios
países componen un repertorio de signos en constante movilidad”
(García Canclini, 1999a: 44).
Jean Baudrillard, por su parte, ha señalado otro fenómeno
interesante para el análisis del estado actual de los discursos
que organizan los imaginarios de la identidad en nuestras sociedades,
al señalar que la arquitectura que domina actualmente es
la de las grandes pantallas, mientras que los espacios de circulación,
ventilación y conexión efímera eliminan todo
residuo de escena pública (1987, 1988:17). Hasta hace unas
décadas, las imágenes emblemáticas de las
principales capitales latinoamericanas eran las chimeneas y los
barrios obreros, actualmente, son los carteles de publicidad trasnacional
que saturan hasta la contaminación visual todas las vías
rápidas y los monumentos arquitectónicos posmodernos;
los altos edificios corporativos, de vidrio reflejante (similares
a grandes pantallas televisivas), que en Montevideo, por ejemplo,
han cambiado la mayor parte de los barrios, y han ocupado sectores
(barrios, en algunos casos) enteros de la ciudad. Son no-lugares,
en el sentido de Marc Augé, que han ocupado los tradicionales
lugares habitables de las ciudades. Los no-lugares son espacios
de circulación, sitios sin identidad, relación y
a-históricos. Asimismo, las ciudades se han convertido
en rizomas, y los mapas ya no las contienen, sino que sólo
las líneas de fuga y los diagramas pueden trazar líneas
en ese rizoma nómada que siempre se nos escapa.
En el campo del arte, y siguiendo con las descripciones nómadas,
los viajes y las migraciones son temas frecuentes en las obras
de artistas que viven en Nueva York, París, Buenos Aires,
Bogotá y San Pablo que viajan a menudo entre esas ciudades,
así como la coexistencia de referencias a culturas diversas
y dispersas.
“Los trabajadores transterrados que Alfredo Jaar ha presentado
en distintos continentes y sus experiencias con pasaportes que,
al correr sus hojas, exhiben imágenes heterogéneas
de distintos países, sugieren que el lugar del artista
‘no está dentro de ninguna cultura en particular, sino
en los intersticios entre ellas, en el tránsito” (García
Canclini; 1999b: 148).
Estas situaciones nos conducen a realidades contradictorias. Mientras
que por un lado en las grandes arterias de París, Moscú,
Shangai o Praga se ven los reconocibles letreros de los fast food;
en todos los continentes se incrementan las cocinas más
diversas, no sólo la italiana y la francesa, la china y
la India, que hace mucho que salen al exterior, sino también
la japonesa, la Indonesia, la coreana, la mexicana o la libanesa
(Maalouf; 1998, 1999: 132).
Nos encontramos en el marco de la multi e interculturalidad (con
sus correspondientes diferencias); nociones que emergen como claves
para entender las mutaciones socio-culturales que se están
viviendo. Aunque hay que tener en cuenta que la multiculturalidad,
genera debates y polémicas, constituyéndose en un
término contradictorio, “complejo” y difícil de
considerar. Las visiones en los Estados Unidos, América
Latina y Europa son diferentes; las discrepancias van desde el
sistema republicano de derechos universales de Europa, el separatismo
multicultural de Estados Unidos y las cuestionadas integraciones
multiétnicas bajo el Estado-nación instauradas por
los países latinoamericanos.
“A estos tres modelos se añade un cuarto tipo de ‘integración’
cuando la multiculturalidad es subordinada al discurso mediático,
a la organización monopólica de las industrias culturales,
que hace depender de ‘la mayoría’ del rating las apariciones
y desapariciones de la diversidad” (García Canclini, 1999b:
122).
Por su parte, Bourdieu y Wacquant, consideran que alrededor del
multiculturalismo, se está produciendo un “debate vago
y flojo”. Afirman:
“en Europa, ha sido sobre todo utilizado para designar el pluralismo
cultural en la esfera cívica, mientras que en los Estados
Unidos remite a las secuelas perennes de la exclusión de
los negros y a la crisis de la mitología nacional del ‘sueño
americano’, correlativa del incremento generalizado de las desigualdades,
en el curso de las dos últimas décadas” (1999: 222)
Esta crisis, para Bourdieu y Wacquant, se disimula acotando el
vocablo artificialmente
“sólo en el microcosmo universitario y expresándola
en un registro ostensiblemente ‘étnico’, mientras que ella
tiene por apuesta principal, no el reconocimiento de las culturas
marginalizadas por los cánones académicos, sino
el acceso a los instrumentos de (re) producción de las
clases media y superior –en el primer rango de los cuales figura
la universidad- en un contexto de liberalización masivo
y multiforme del Estado” (1999: 223)
No hay que obviar que la multiculturalidad implica heterogéneas
formas de vivir y pensar, de las estructuras de sentir y narrar.
En América Latina moviliza antiguas y nuevas contradicciones
(éxodo del campo a la ciudad; predominio de la memoria
sobre la historia; la ciudad como contradictorio no-lugar; el
incremento del mercado y la pobreza y el abandono del rol predominante
que ocupaba el Estado). En ese contexto, hay que considerar a
los “arbitrarios culturales” (Bourdieu), que no proponen totalidades,
sino la contingencia de toda producción simbólica,
lo que implica un ejercicio de desnaturalización, en tanto
que las categorías y representaciones no surgen de hecho,
ni de la naturaleza de las cosas, sino de las luchas simbólicas
concretas (Bourdieu).
La pregunta es como compatibilizar esas cuatro visiones divergentes
sobre la multiculturalidad, y en última instancia, que
posibilidades de salida existen actualmente, teniendo en cuenta
el breve diagnóstico reseñado al comienzo de este
ensayo. Encuentro algunas propuestas interesantes hoy en día,
interdisciplinarias y abiertas, que permitirían encontrar
vías de salida para la multiculturalidad. La primera consiste
en cambiar la visión que se ha venido sosteniendo sobre
la diferencia, y encontrar diferencias diferentes, o concepciones
opcionales sobre la diferencia. Un concepto que se puede trasladar
desde la deconstrucción a la comunicación intercultural,
es el de la différance. En lugar de considerar una diferencia,
como alteridad radical, que se enfrente a una identidad desde
una visión dialéctica, propongo una diferencia que
se deslice dentro de otras diferencias. “No se puede decir dónde
terminan los británicos y dónde empiezan sus colonias,
dónde terminan los españoles y dónde empiezan
los latinoamericanos, donde empiezan los latinoamericanos y dónde
los indígenas” (García Canclini citando a Stuart
Hall, 1999: 122-123). En esta différance se conjugan heterogeneidades
diversas; lo híbrido no es un dato suplementario sino la
posibilidad de desterrar las maneras binarias de pensar la diferencia.
En este contexto, surge una segunda propuesta, que consiste en
pensar las relaciones multiculturales desde las fronteras, no
como límite, ni separación, sino como intervalo,
como un entre, es decir, una bisagra que fluye entre las fronteras.
En palabras de Gilles Deleuze:
“no es una operación de asociación, sino como diferenciación,
como dicen los matemáticos, o de desaparición, como
dicen los físicos: dado un potencial, hay que elegirle
otro, no cualquiera, sino de tal manera que entre los dos se establezca
una diferencia de potencial que produzca un tercero o algo nuevo”
(1985, 1996: 240).
El entre [2] conjura toda propuesta de la identidad como unidad,
cualquier posibilidad de transformar esenciales a identidades
movibles, modulables como masas plásticas que cambian permanentemente.
En palabras de Gilles Deleuze el entre implica “la impotencia
para pensar el todo como para pensarse a sí mismo, pensamiento
siempre petrificado, dislocado, derrumbado”. La multiplicidad
del entre, otorga estatus (siguiendo un pensamiento deleuziano)
a la fuga, la velocidad y al accidente, en palabras de Paul Virilio
[3].
Para Jacques Derrida, por su parte, el entre se aparta de lo orgánico
y sustancial; no se identifica con el sujeto como sustancia identitaria
pero tampoco con los otros, enmarcados y producidos en tanto que
otros y habilita el movimiento y la velocidad. El entre a su vez
implica un vacío... El entre no es:
“puramente sintáctico (...) Además de su función
sintáctica, mediante la remarcación de su vacío
semántico se pone a significar. Su vacío semántico
significa, pero el espaciamiento y la articulación; tiene
por sentido la posibilidad de la sintaxis y ordena el juego del
sentido. Ni puramente sintáctico, ni puramente semántico,
señala la abertura articulada de esa oposición”.
(Derrida, 1972: 335).
Para finalizar señalaré algunos ejemplos que aclaran
las propuestas nómadas que estoy proponiendo. De acuerdo
a las investigaciones de Néstor García Canclini,
en la frontera México-Estados Unidos, distintas publicaciones
de Tijuana están dedicadas a reelaborar las definiciones
de identidad y cultura a partir de sus experiencias fronterizas.
“La línea quebrada”, expresa que representa a una generación
que creció “viendo películas de charros y de ciencia
ficción, escuchando cumbias y rolas del Moody Blues, construyendo
altares y filmando en super 8, leyendo el ‘Corno Emplumado’ y
‘Art Forum’”. Viven en lo intermedio, en la grieta entre dos mundos.
Asumen todas las identidades disponibles:
“Cuando me preguntan por mi nacionalidad o identidad étnica,
no puedo responder con una palabra, pues mi ‘identidad’ ya posee
repertorios múltiples: soy mexicano pero también
soy chicano y latinoamericano. En la frontera me dicen ‘chilango’
o ‘mexiquillo’; en la capital ‘pocho’ o ‘norteño’, y en
Europa ‘sudaca’. Los anglosajones me llaman ‘hispanic’ o latinou’
y los alemanes me han confundido en más de una ocasión
con turco o italiano’” (García Canclini, 1989: 302).
Se puede señalar un segundo ejemplo, a partir de un caso
diferente al anterior, que es el del escritor Amin Maalouf. Cuenta:
“Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en
Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con
la mejor intención del mundo, si me siento ‘más
francés’ o ‘más libanés’. Y mi respuesta
es siempre la misma: ‘¡Las dos cosas!’” (Maalouf; 1998,
1999: 11-12). Maalouf es un claro de ejemplo de esos agenciamientos
que operan en el entre como líneas de fuga, como formas
de estar en el medio. “Huir es trazar una línea, líneas,
toda una cartografía. Sólo hay una manera de descubrir
mundos: a través de una larga fuga quebrada” (Deleuze;
1977, 1997: 45). Maalouf huye, escapa, intenta definir su identidad
a partir de una multiplicidad de condiciones, ¿francés
o libanés?, ¿católico o musulmán?,
está en el entre.
“Por eso a los que me hacen esa pregunta les explico con paciencia
que nací en Líbano, que allí viví
hasta los veintiséis años, que mi lengua materna
es el árabe, que en ella descubrí a Dumas y a Dickens,
y los Viajes de Gulliver, y que en mi pueblo de la montaña,
en el pueblo de mis antepasados, donde tuve mis primeras alegrías
infantiles y donde oí algunas historias en las que después
me inspiraría para mis novelas (...) Pero por otro lado
hace veintidós años que vivo en la tierra de Francia,
que bebo su agua y su vino, que mis manos acarician, todos los
días, sus piedras antiguas, que escribo en su lengua mis
libros, y por todo eso nunca podrá ser para mí una
tierra extranjera” (Maalouf; 1998, 1999: 11-12).
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