Rodrigo Browne Sartori
Universidad de Playa Ancha – Chile
Municipalidad de Juan Fernández – Chile
Universidad de Sevilla
comuniquiatras@yahoo.es
"Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente
que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado,
somos gratamente los otros"
(J.L. Borges, 1979: 997)
I. Una de las declaraciones de principios más radicales
de la vanguardia artístico-cultural latinoamericana fue
el “Manifesto Antropófago” que publicó Oswald de
Andrade (1890-1954), en mayo de 1928 y cuyo propósito era
clamar por una mirada contracolonial de la antropofagia brasileña
como punto de deglución de, en su caso, la parte más
sabrosa de la cultura europea para hacerla carne propia, como
un mestizaje de lo cosmopolita y lo local, frente al simbólico
acto caníbal de la colonización: “Sin nosotros -escribía
de Andrade- Europa ni siquiera tendría su pobre declaración
de los derechos del hombre” (de Andrade, 1928: 3).
Los postulados de Oswald de Andrade son vitales para introducir
lo que se pretende proponer en esta comunicación. La antropofagia
como fuente de denuncia de una sociedad patriarcal subsumida por
una discurso occidental que embarga lo ajeno y lo exótico.
Dicho tema es, sin duda, el principal requerimiento que este artista
y su apetitoso movimiento aspiró defender y difundir. Por
lo mismo, de Andrade no escatimó al comenzar su manifiesto
en indicar que ese punto de reflexión antropófago
es lo que permite analizar, desde el placer de la alimentación
y las conclusiones de la digestión, el estado de marginalidad
de la cultura brasileña (por ende latinoamericana) y que
se manifiesta en la relegación, por parte de los absolutismos
imperantes, de las culturas y movimientos periféricos.
“Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente.
Filosóficamente (...) Tupy, or not tupy that is the question”
[1] (de Andrade, 1928: 3), señala de Andrade en su manifiesto
antropófago.
Desde esta mirada específica, elaboramos un proyecto de
análisis del imaginario de las sociedades posmodernas,
especialmente en lo que respecta a la cuestión del Otro
excluido por una sociedad moderna. Exclusión controlada
por un discurso de autoridad que se encerró en un modelo
ideal y que obvió todo tipo de marginalidades y opciones
alternativas que quedaban, sin más, dejadas en el limbo
de lo irracional, lo inconveniente o lo ilegal.
Umberto Eco (2002) en un discurso pronunciado, recientemente,
en Jerusalén con motivo del doctorado honoris causa concedido
por la Universidad Hebrea, señaló que los siglos
anteriores, incluyendo los modernos, han sido escenario de lo
que conocemos como colonialismo, racismo, intolerancia, etcétera.
En occidente, la responsabilidad del hombre blanco era considerar
su civilización (occidental y cristiana) como la única
posible, “(...) de aquí -afirma Eco- el derecho y la misión
de convertir a todos aquellos que seguían un modelo cultural
diferente” (Eco, 2002: 11). Como también -anuncia este
intelectual- el surgimiento de actitudes similares en el mundo
no occidental, inspiradas por el odio a lo europeo y a su modelo
eurocentrista. A continuación, citamos algunas palabras
que el mismo Eco pronunció en su discurso:
“Mientras que los antropólogos nos han enseñado
a reconocer y respetar distintos comportamientos culturales, distintas
religiones y costumbres étnicas (...) los primeros medios
de comunicación, desde las novelas populares hasta las
películas de Hollywood, alentaban una visión del
Otro como un malvado, los feroces indios, el negro estúpido
obligado a un destino de eterna esclavitud por su irremediable
inferioridad...” (Eco, 2002: 11).
Un caso de lo mencionado por Eco, sin ir más lejos, lo
podemos encontrar en el mismo Diccionario de la Real Academia
de la Lengua Española. En éste, la ANTROPOFAGIA
(del griego anqrwpofagia) se define como “(...) una costumbre
que tienen algunos salvajes de comer carne humana” (1984: 103)
[2]. Por otra parte, este mismo diccionario, entiende, en una
primera acepción, que CANIBALISMO es “(...) la antropofagia
atribuida a los caníbales” (1992: 273) [3]. En otros casos,
lo explica también como “Ferocidad o inhumanidad propia
de caníbales” (1992: 273). Además, específica
que CANÍBAL proviene de caríbal y que es el “salvaje
de las Antillas, que era tenido por antropófago”. En un
último sentido, lo califica de la siguiente manera: “Dícese
del hombre cruel y feroz” (1992: 273).
Estas definiciones están regidas por una mirada parcial,
objetiva (eurocéntrica) que, como se puede apreciar, nos
permiten concluir que la antropofagia, o más bien, los
antropófagos son, para ser literales, “feroces e inhumanos”.
Conclusión que se ha impuesto en los países que
circulan bajo la calificación de occidentales.
Al profundizar esta visión clásica en relación
a la antropofagia, uno de los tópicos periféricos
que heredó la modernidad fue (y, probablemente, la lectura
actual del canibalismo que propone la R.A.E. es una secuela de
esto) la “crucifixión” del acto caníbal y su inmersión
en lo más recóndito -siguiendo la dicotomía
propuesta por Gilbert Durand (1960) en torno a los imaginarios-
del régimen nocturno [4].
II. A partir de dicha postura -y por medio, siguiendo a Miquel
Rodrigo Alsina, de una semiótica intercultural (Rodrigo
Alsina, 2000a)- pretendemos recuperar, en un sentido simbólico,
ciertas teorías de la antropología, que giran alrededor
de la antropofagia, y que nos ayudan a esbozar un proyecto de
comunicación intercultural entre Mismos y Otros. Al respecto,
citamos algunas palabras de Rodrigo Alsina:
“Por esto una semiótica intercultural debería no
sólo estudiar los discursos de distintas culturas que se
entrecruzan e hibridan sino también aquellos discursos
sobre las culturas y las identidades culturales” (Rodrigo Alsina,
2000: 6).
Como se puede desprender de los antes anunciado, nuestra intención
es, desde los postulados que construyen actualmente la antropofagia
material (de carne y sangre), proponer una estrategia de antropofagia
simbólica que nos permita hacer del canibalismo un ejercicio
vital para los procedimientos hermenéuticos que discuten
sobre la existencia o no de límites para la interpretación
y que nos son fundamentales para habilitar una estrategia teórica
y -esperamos- práctica que otorgue algunas pistas en relación
a posibles conjugaciones híbridas entre Mismos y Otros.
Para ello, y a partir de ciertos estudios semióticos, profundizamos
sobre la contaminación existente entre diferentes y diversos
signos culturales que se van engrosando al alimentarse de ellos
mismos permanentemente en un intercambio que relacionamos con
la semiosis ilimitada, acuñada por Eco de los trabajos
del filósofo y matemático estadounidense Charles
S. Peirce. Este ejercicio, para nosotros, faculta la producción
de sentidos y ejecuta el libre juego de la interpretación.
Túa Blesa (2002), al referirse a la perspectiva en la obra
poética de Jenaro Talens, nos entrega importantes herramientas
para continuar con nuestra propuesta: “(...) el signo puesto en
perspectiva del signo, de manera que no podrá ya ser concebido
como un elemento lingüístico aislado, impensable en
sí mismo, sino en perspectiva, en apertura hacia los otros...”
(Blesa, 2002: 11). Signos que se entregan antropofágicamente
(logofágicamente en palabras de Blesa) a los otros, al
mismo tiempo, que asimilan la donación que éstos
les hacen infinitamente, desvaneciéndose unos en otros
en forma indistinta.
El ritual material de comerse unos a otros, por lo general, era
síntoma, dentro de la clasificación antropófaga,
de exocanibalismo [5], ya que el matar y comerse a un enemigo
implicaba incrementar el ego personal y grupal de ese conjunto
social. El narrador del cuento de Borges “El informe de Brodie”
(1970) se refiere particularmente a este punto:
“Devoran los cadáveres crudos de los hechiceros y de los
reyes, para asimilar su virtud. Les eché en cara esa costumbre;
se tocaron la boca y la barriga, tal vez para indicar que los
muertos también son alimento o -pero esto acaso es demasiado
sutil- para que yo entendiera que todo lo que comemos es, a la
larga, carne humana” (Borges, 1970, 1985: 375).
Además, como apunta el comunicólogo brasileño
Norval Baitello Junior (2000): “(...) en algunas sociedades tribales
existía la creencia de que la persona que consumía
el cuerpo de otra adquiría las cualidades de ésta,
sobretodo si se trataba de un enemigo fuerte, valiente y líder
de su tribu”. Baitello Junior es claro al indicar que lo importante
para los antropófagos son las imágenes que perciben,
que captan, o que el grupo que conforma la tribu -como receptores
interpretantes- aprecia de un cuerpo que se expone en un momento
determinado, en el que, como admiradores del mismo, quisieran
tenerlo consigo o ser como él: las imágenes son
algo que el cuerpo proyecta. Bajo esta posición, lo sustancial
para la antropofagia son las imágenes que el cuerpo produce.
Por lo mismo, la presente situación puede tener un carácter
indefinido ya que las tribus se van comiendo unas a otras en forma
ilimitada. Todo con la idea de recuperar o incorporar en sí
mismos (el devorador o la tribu devoradora), no sólo los
atributos que les ofrecen y que, por supuesto, les interesan de
sus enemigos; sino también con la intención de rescatar
la imagen de su pariente perdido, tiempo atrás, y que fue
consumido por ese que él o ellos están dispuestos
a comerse en aquel momento. Esta cadena engullidora es un acto
de retroalimentación, donde una tribu se come a la otra
para recuperar a los suyos y, además, para ganar importantes
atributos de éstos que ellos no poseen.
A partir de lo anterior, podemos deducir que los antropófagos
no han disociado lo espiritual de lo material y desde un estímulo
simbólico, como es la atrayente imagen del otro, se despierta
un apetito material que lo lleva, finalmente, a cometer el acto
de engullimiento. En síntesis, el caníbal por medio
de un ejercicio antropófago simbólico (el comerse
la imagen del otro, los signos que el otro produce y que le son
atractivos) llega a realizar un acto material como es comerse
al elegido para empaparse de las virtudes que éste posee
como líder o persona admirable o envidiable de su tribu.
III. Para ser más precisos aún, proponemos el siguiente
ejemplo que ayuda a comprender empíricamente la semiosis
ilimitada y, por ende, lo que nosotros pretendemos denominar,
en el campo de lo simbólico, como antropofagia sígnica.
En el cuento de Borges “La escritura del Dios” (1949), el narrador
del relato comienza refiriéndose a la situación
en la que se encuentra el mago de la incendiada, por Pedro de
Alvarado, pirámide de Qaholom. Este mago de nombre Tzinacán,
describe su experiencia, prisionero en una profunda cárcel
de piedra junto a un jaguar. En la prisión, es sólo
separado del felino -según él cuenta- por un muro
medianero altísimo que no alcanza a tocar la parte superior
de la bóveda.
En el encierro trata de recordar la sentencia que dios escribió
para conjurar los males del fin de los tiempos. Al no poder dar
con ella, se acuerda que el jaguar era uno de los atributos del
dios. Por lo tanto, dedica muchos años a conocer en detalle
al animal que tenía como vecino y que sólo puede
observar con el haz de luz que brota cuando el carcelero baja,
con una soga, la alimentación una vez al día. En
su divagar, Tzinacán saca conclusiones muy provechosas
para ejemplificar la antropofagia sígnica como antesala
para una semiótica intercultural:
“Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición
que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los
tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró,
el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue
madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré
que en el lenguaje de un dios toda la palabra enunciaría
esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo
implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo,
sino inmediato” (Borges, 1949, 2001: 137).
Por otra parte, Pierre Menard -el cual no quería componer
otro Quijote, sino el Quijote que cada uno de nosotros ha leído:
el Quijote que surge de todas las posibles y diversas lecturas
que se han hecho de éste- no realiza el mismo Quijote que
Cervantes, ni un Quijote contemporáneo, sino intenta escribir
El Quijote.
En su texto, Menard, que se basa en esta infinitud de lecturas
que brotan de la obra cervantina, se “devoró” simbólicamente
dicho clásico y sus interpretaciones, llegando a crear
un texto aún más perfecto. Es decir los “yoes” que
se acercan al texto son una pluralidad de otros textos, de discursos
y sentidos abiertos. Cada nueva expresión desencadena un
nuevo ocultamiento. Siguiendo a la académica uruguaya Lisa
Block de Behar (1984), un nuevo silencio que, como sucede con
la semiosis ilimitada, nunca detiene este proceso. En la dinámica
del silencio también se afirma la semiosis ilimitada del
texto: “Nadie es dueño de la última palabra, tampoco
del último silencio” (Block de Behar, 1984: 190), termina,
al respecto, la mencionada autora.
Es así, como las obras de Cervantes y de Menard son prácticamente
idénticas pero, la del segundo de éstos es casi
infinitamente más rica: “(Más ambiguo, dirán
sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza)” (Borges,
1939, 1956: 44), aclara entre paréntesis el narrador de
este cuento.
IV. En la antropofagia sígnica, como fenómeno que
insta a la permanente devoración de signos, polemizan,
por una parte, sistemas modelizadores y controladores que, al
seguir nuevamente a Eco (1990), limitan la interpretación
(incluso en su tendencia más radical que este semiótico
italiano llama semiosis hermética) y, por otra, una estrategia
más deconstructiva, en palabras de Derrida (1967), o rizomática,
citando a Deleuze y Guattari (1976), que libera totalmente el
juego de las interpretaciones a partir de la producción
de sentidos.
Desde esta perspectiva pretendemos plantear, a partir del mencionado
fenómeno simbólico de antropofagia sígnica,
una semiótica que se aproxime a lo intercultural, es decir
y como ya lo precisamos, a una semiótica intercultural.
Ésta se observa en el momento en que las culturas, de tanto
alimentarse recíprocamente entre sí, generan un
infinito y diverso mestizaje que se nutre de todas ellas y habilita
el surgimiento ya no de un Mismo o de un Otro, en la dicotomía
identidad-alteridad, sino de un “tercero novedoso” que es fruto
de esta contaminación sígnica, como parte de una
semiosis ilimitada-antropófaga.
En términos teóricos, esto se puede aproximar a
lo que Jacques Derrida (1970) reconoce como un pensamiento del
ENTRE o, guardando mínimas diferencias, con lo que Homi
Bhabha (1994) llama, a partir de Jameson, tercer espacio (in-between)
y cuya labor es aunar, en sus planteamientos, a lo exótico
como Otro excluido y a lo Mismo, ya no desde la tradición
occidental, sino desde una différance [6] que permite movilizar
y ampliar la semiosis para, así, lograr interculturalizarla.
Este pensamiento del ENTRE no se caracteriza por una operación
de unificación, sino que se entiende como una diferenciación,
donde es necesario establecer siempre entre las dos culturas una
distinción que produzca a otro nuevo, como resultado de
la hibridación de ese Mismo y ese Otro. Tercero(s) que
ya no pertenecen, que ya no son del aquí ni del allí.
Para esto, se da juego a las más diversas e ilimitadas
líneas de fuga (Deleuze y Guattari, 1976) que están
dispuestas para anudarse infinitamente entre sí, en un
permanente y dislocado ejercicio que relacionamos a este proceso
antropófago simbólico.
Nomadismo que se puede identificar, además, con lo que
Gilles Deleuze y Félix Guattari (1976) entienden como movimientos
desterritorializados y de desestratificación e indican
que todas estas líneas de fugas constituyen un agencement.
Agenciamiento que, permanentemente, esta cambiando su naturaleza,
a medida que cada cultura se mezcla y relaciona con otras (y con
todas al mismo tiempo). “Agenciar -nos dice Deleuze- es eso: estar
en el medio, en la línea de encuentro de un mundo interior
con un mundo exterior” (Deleuze, 1977: 61 y 62).
V. Dicho todo esto, y con el propósito (tal vez utópico)
de que no se repitan ciertos acontecimientos que buscan sólo
una interpretación, sólo un punto de vista, frente
a Otras culturas, proponemos retomar, a modo de universales antropológicos,
algunos hechos específicos que mencionamos anteriormente
en esta comunicación y que, sin duda, colaboraron en la
construcción del imaginario transcendental de occidente
que hoy tratamos de re-dibujar.
Para ampliar lo antes expuesto, rescatamos ciertas aportaciones
de Sofía Reding Blase (1992) que, basándose en el
diario de Cristóbal Colón, refuerzan, en la práctica,
las propuestas ya definidas. Imágenes del “nuevo continente”
que ayudaron a inventar y deformar representaciones culturales
inexistentes. Representaciones fantásticas muy útiles,
por otra parte, para el pensamiento eurocéntrico, pues
cooperaron en la construcción de una modernidad que, entre
otras cuestiones, ofreció a quienes no tenían el
honor de conocer las Indias todo una mitología “maligna”
y exótica, cuya única posibilidad de aproximarse
al bien común era dejarse occidentalizar. Así, estas
lejanas y desconocidas culturas se establecieron de nuevo en Europa,
describiendo al Otro ausente a partir de una mirada centralista
y bajo las exigentes y aniquiladoras normas de la teología
de la colonización (Subirats, 2000).
Como consecuencia de lo expuesto, estos actos culturales tienen
un valor -en el campo antropófago simbólico- igual
de agónico, desde la perspectiva occidental, que los rituales
caníbales de esos “diferentes” ignorados. Con ello, se
revela una suerte de antropofagia simbólica colonizadora
en la que caen los conquistadores. Involución que se pone
de manifiesto en las huellas del desastre, de la aniquilación
del Otro a través de esta antropofagia simbólica
que retrocede a etapas prehomínidos para alimentarse salvajemente
de Otros “salvajes”, calificados de “no hombres” por su locación
fuera del limitado y cerrado universo occidental que aboga, en
palabras de Foucault (1966), por la estabilidad y permanencia
de las ciencias humanas.
Jean Baudrillard (1995) -cuando se refiere a la supresión
del Otro bajo todas sus formas, sin considerar las diferencias
de raza y lengua- precisa que, al tratar de anularlos para hacer
relucir la positividad total, están a un paso de eliminarse
ellos mismos. Mismos que fueron y son víctima de un acto
de autoengullimiento, de autoantropofagia simbólica, donde
el asesino y la víctima son una misma persona. Reding Blase
(1992), al respecto, indica que al destruir, en el adversario,
la inhumanidad del contra-hombre no se puede, sino, más
que destruir la humanidad del hombre y realizar en mí su
propia inhumanidad.
De esta (auto)antropofagia simbólica quedan huellas imborrables,
resultado -como lo expone Baudrillard- de un crimen perfecto (1995)
que les llevó a descubrir que su “canibalización”
consintió en comerse a una cultura diferente: se comieron
a esos Otros como a sí Mismos.
Para finalizar, nos parece oportuno recordar una particular escritura
que, tras “devorarse” simbólicamente el Manifiesto Antropófago,
propone Eduardo Subirats (2000):
“Por eso el Manifesto Antropófago avisa: ‘lo que atropellaba
la verdad era la ropa’. Desnudar la palabra, emanciparla de su
servidumbre logocéntrica y cristiana. La palabra devuelta
al último Paraíso. Poesía final” (Subirats,
2000: 91).
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